miércoles, 8 de febrero de 2017

'Dale consejos a la niña, que tú sabes mucho de nada en absoluto'.

Intégrate en conversaciones sosas, ásperas, o metálicas: desenvuélvete en el resto. Ponte nerviosa incluso por los futuros que ya sepas acabados. Merodea por tu mediocridad de museo y párate frente a cualquier obra: ten toda la mañana y ríete como un jubilado.
Aplasta el pan sobre el que mañana llorarás de memoria. Aplástalo, machácalo: no va a hacerte daño hasta dentro de diecinueve años. No leas. No cocines. No te sientas mal. Be tónica, my friend: que no te tomen por insuficiente. Drógate blando para sufrir la hipocondría y respirar el alivio. Acaricia los puntos de sutura como si fuesen alta costura, delicados como la madrugada de un lunes.
Asegura haber visto un fantasma: en tu mente mutará en plegaria, Jura y perjura. Rebobina ese cruce mutuo sin haberos mirado si quiera. Rebobina. Rebobina. Tonta como una oveja que es oveja dos veces.

Sé de plástico y tírate al mar. Ayuda a los delfines a morir mientras lloras. Mientras lloras nacerán cien mil tulipanes en el estrecho. Córtalos y llora. Desaparece, nadie notará que hacía mucho que no estabas. El tiempo todo lo cura. El tiempo todo lo deforma. Y bichos sin colores acuden a la fiesta. Cruje sus extremidades cartón dulce y encuentra veneno en tus impulsos. Éste encontrará tus presumibles órganos sanos, cavará una úlcera en lo que eres, y tú estarás de acuerdo.

Pasea victoriana, deslizando el dedo sobre la superficie polvorienta, a través de la estancia iluminada por el blanco de un sol que no te pertenece y júzgalo. Pídele perdón antes de que se vaya.
Despieza una mala sensación y di que es de Bach. Respira hondo: será un falso fondo. Cánsate encogiéndote.  Encógete librándote de tus primeros días de vida. Y luego de los segundos. Y luego de los terceros...  Visita los jardines de palacio: no estás hecha para eso. Suéñate encorsetada los días que no cenes, e invencible justo en el punto de mareo. Déjate caer. Rómpete, qué asco, insulta: en realidad todo será culpa tuya. Destrózate y no encuentres ningún glamour en eso. Enrábiate y echa de menos al abuelo.
Corre. Déjate alcanzar porque es todo lo que quieres en el mundo. Mira a los ojos y voluntariados en Eritrea. Respira hondo: no hay nada falso en eso. Cánsate de alegría. Recompón tus huecos con la fe de que X siempre tendrá algo que callarse y cállate. No, di algo. Aprende a haberte callado antes.

Gana a pesar de que no vayan a darte un premio. Celebra la vida de otro. Pon en juego tu enfermedad, y piérdela. Existe en Soria, desde Madrid. Olvídate de la primera playa que recuerdes y de otras mentiras de viento. Sueña: alguien te estará esperando. Compara. Sal perdiendo. Azúcar ganando.
Da besos de desidia verdadera y quédate los otros. Sacraliza tu estilo torpe de intento y de reintento. Cree en el truco: ésa es la única magia. Da la vuelta al mundo en ochenta años, y quédate en casa cuando lo necesites.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Cien mil días.

Han pasado mil cien días desde que me mudé a las afueras
de mi memoria.

Si ahora hablase contigo tendría que inventármelo todo.

Mi manos pequeñas como los milagros
se hicieron pequeñas como las dudas.

Me he ido convirtiendo en un cuerpo
     
       en el realismo de un cuerpo

       en la imposibilidad de un cuerpo
       
       e imágenes ásperas me invocan a la hora de la siesta.

Hemos pasado años teniendo conversaciones sobre
poner la lavadora, qué cenar hoy, el dolor metálico de los golpes en la cocina,
lo sola que me siento, lo sola que me sentía,
las clases de astrología, los programas de la televisión, mi madre y las cortinas,
la mitología griega, la composición de los muertos, la descomposición de los vivos,
el desconsuelo, Madrid, curiosidades,
los círculos concéntricos del algodón de azúcar,
aguantarse la risa, la paja en el costurero, las aventuras de los últimos diez meses
en mi cabeza.

Si ahora hablase contigo tendría que inventármelo todo.