lunes, 23 de mayo de 2016

L se ríe y

La mononucleosis se cura con un beso. En un anuncio de Neutrex, una señora con mandil de lunares le trae el detergente del pasado a una chica de veintiséis y le pregunta: ¿seguimos lavando nosotras calzoncillos? Y ésta rompe a reír y la lavadora vomita la ropa y el sol entra en la cocina otra vez.

El último abrazo que di se convierte en el primero; cuando me despido para siempre sólo estoy volviendo a empezar. Las torres gemelas se levantan; vuelan personas hacia un rascacielos. La gente va a desechar gasolina. Vacían los tanques. Un kamikaze es quien se recompone pulsando un botón. Una guerra es una lucha activa que va mejorando el mundo. Emerge un parque en Siria.

Amy acepta ir a rehabilitación. A Lennon lo revive un fan. Mario Casas se desinfla. Se disuelven en esperma Los Gemeliers.
Un yogur caducado se convierte en un vaso de leche en la casa de mis padres en 1999. 1999 se convierte en 1998, y de pequeña llegaré a ser astronauta de la NASA, campeona de la CIA, emperatriz del universo o cualquier cosa porque el género no me dolerá.

Un 26 de diciembre una ola gigante reconstruye Tailandia. El 1 de noviembre llevamos flores a los vivos. Halloween es una fiesta en la que los niños van por las casas ofreciendo caramelos. En Carnaval asistimos al bautizo de una sardina y nadie llora (ni siquiera de verdad).

Ganamos un mundial, pasamos a cuartos, a octavos, mil tardes de fútbol, la pelota por debajo del larguero, las rodillas por el suelo, se retracta la sangre y una herida desaparece sin cicatrizar. La sirena de la ambulancia me recuerda que la gente resucita. Si salto hacia atrás puedo subir a un muro enorme. Si te cuento que Fulanito es camello, evocarás a un Kafka más molón. Si te digo "vente, estoy sola en casa", acabaremos viendo una peli en el sofá.

La cena es la comida más importante del día. Con una sola pizza puedes quemar hasta mil calorías (¡pruébalo ya!). Tonto es el que no hace tonterías. Un cuñado es un tío que sabe reconocer que no tiene ni idea de nada. La mayoría de la gente me cae bien.

Zaratustra se traga sus palabras. Una mujer se quita el velo para siempre. Un marido entra en casa y le dice a su familia: vengo de dejar de fumar. El chico que me gusta me pide que regrese de la mierda. Una joven promesa del ballet se lesiona y puede volver a bailar.
Suena la alarma y me vuelvo a dormir. Me duermo gritando. Alguien me abraza antes de despertar.

Cada vez usamos menos el móvil, la educación se vuelve menos elitista y, la sanidad, más universal.
Dentro de poco escucharemos por primera vez a Los Planetas, se nos irá puliendo el vientre, el ordenador echará culo, cuando alguien hable de la "zona azul" soñaremos con el Caribe y en la calle aparcaremos sin pagar.
Pronto, Amstrong arrancará cualquier bandera de la luna, una inconmensurable humareda construirá en Japón una ciudad; tres días después, otra. Einstein levantará las bases para la extinción de la bomba atómica, cualquier lectura de Nietzsche imposibilitará el nazismo y, al final de todo, cuando Marx se atreva a teorizar sobre socialismo, escribirá: "no os habéis enterado de nada, hijos de puta" y poco menos de dos mil años después, Jesucristo le dará la razón.
Como yo a vosotros hoy.
Y empiezo a olvidar.



domingo, 15 de mayo de 2016

Réplica.

Pensaba en el amor como un ruido raro que te ayuda a dormir
y los demás no soportan
una risa secuencia a mandíbula batiente sin que haya un después
ni un casi, ni un cuándo, 
ni un tétrico futuro que aceche por la espalda.

Pensaba en el amor como un techo que te aplasta la cabeza
y te deja agusto,
como un niño que creció (ahora, en mis brazos)
el tacto íntimo de la raza
la colocación en el punto exacto
bajo su respiración, como una cría que lacta.

Pensaba en el amor como esa fábula 
que me tragué a los quince
disfrazada, como el escorpión sobre la rana
que no te mata con intención alguna, simplemente
porque esa es su naturaleza.

Pensaba en el amor como un verbo irregular
de conjugación cuatro en la escala Ritcher
nosotros, nosotros, nosotros
la secuela: ellos
la última persona del plural: yo.

Yo,
ahora, ya ves, tan tarde
sólo la basura, el óxido
sólo recuerdo una luz de una tarde
Una luz, una tarde.
Y yo no sé si X recuerda,
o si es la misma luz, la misma tarde
o me lo inventé, cuando creí coincidirnos
o estaba sola, cuando volví a casa
sin esconder las manos sucias
limpias de vergüenza, de disculpa, de terror.

En qué momento
en qué injusto momento tuve que aprender textiles,
la raíz cuadrada de P,
a integrar -preguntas hipotalámicas-
con quince vómitos en tres años
los ecos de una carcajada que ahora
me da miedo.

Ahora pienso que el amor no es nada de eso.
Nada que los demás puedan contarte
con los dedos de una mano
que soltaron otros.


Que no hay teorías, ni conceptos, ni poemas
ni todo lo contrario:
mascullaciones,, pleitos, confabulación.
Y aunque uses protección, te nacen 
monstruos.
Y aunque arranques con uñas las entrañas, te quedan
huellas.

Pienso en el amor y pienso en chicas
tan guapas, tan risueñas
que escriben cosas tan translúcidas
que perdonan al Peter desde la ventana
y dejan de ver sombras
no se dejan tocar la campanilla
no se revuelcan en el asco
ni se faltan el respeto.
Pero yo no soy así.
Lo reconozco, con más cielo que mala guisa,
haberme creído el mito, la toxina 
que no fue un error de cálculo,
sino mío.

Porque ahora pienso en el amor y siento angustia
porque sé que es el desvío de caminos tan ingratos
como la inseguridad o la desconfianza
el pánico o el rencor
el no o el casi.
Y es duro reconocer
que nunca viví en El Líbano,
que el lenguaje muerto que hablaba con mi novio
el de Hawaii, ahora cría grisáceas en Calpena.

Ahora pienso en las relaciones como
encontrar verdad en tierra seca
verbenas que no hablan en pasado
el olor ajeno como segunda piel
y no laceración.

Pienso en las relaciones
como dos que no se quieren mucho 
o se quieren menos
sino que quieren lo mismo
o se quieren tanto hasta reinventar
que nunca es demasiado.

No pienso en el amor.

Sólo pienso en abrir los párpados
masticar el color rojo
un camino sin trampa ni cartabón
ni reglas
una sensación que muere y se queda tatuada.
Aprender, todos los días
que no perdonas mil martes, cien defectos, un engaño
porque nunca tuviste que hacerlo.

Y cuando se acaba, o permuta, o distorsiona
seguir pensando, en realidad
que de haber podido dejar un último mensaje
en el contestador:
me quedaría callada.
Me quedaría un rato más:
a la derecha del hijo de puta
a la izquierda de un igual
al frente de un espejo roto
atrás de un ejército de rubias.
Que me hubiese quedado un rato más
a la espera
a la espera
al otro lado
a la espera.

Y tras la guerra, 
la pólvora, el cansancio
mis costillas:
un germen
un brote verde
una esperanza;
una cura, un santuario, un empujón;
los viernes: una fuerza embrionaria
a la que todavía no le he puesto nombre
pero ya me llama por el mío
y torpemente me jura
que querer es querer para siempre,
pero torpemente también susurra
que el amor siempre fue
otra cosa.


martes, 26 de abril de 2016

Volver.

Nunca vuelvo a la panadería que había enfrente del colegio, ni oír la risa de Martina, ni a llevarme el premio sin pensar en algo que perdí. Nunca vuelvo a la misma playa de distintas manos, ni a darle de comer a las palomas, ni a guardar la palabra Washingtonia como quien no sabe que en realidad es un tesoro.

Nunca vuelvo a ver Los Rugrats en La 2 antes de las 9, ni a escuchar a mi madre cantar Las Mañanitas del Rey David antes de las 8, ni a tener la firme convicción de que, si estaba lista para el cole antes de tiempo y sola, ella no podría estar más orgullosa de mí.

Nunca vuelvo a casa en septiembre, ni a abril de dosmilonce, ni a decir ¡ya es primavera! los diecinueves de marzo. 
Nunca vuelvo a peinar a mi abuelo con colonia, ni a inventar la panacea mezclando mil mejunjes en el baño. 

Nunca vuelvo a gritar con voz de niña que por favor, ni a curarme sólo con grandes dosis de inocencia, ni a pedir tres deseos antes de dormir.

Nunca vuelvo a creer que de un choque entre dos coches saltan chispas de colores, ni en las luces de la feria, ni en la prueba del algodón de azúcar, ni en el milagro del perdón, ni en la magia si no hay truco, ni en eso a lo que llamáis Dios.

Nunca vuelvo a trepar por el tobogán, ni por la ventana de Jaimito, ni a firmar un tratado de paz en código morse.
Nunca vuelvo a dar la vara si no es con el fin de usarla para medirme, ni a correr hacia la orilla, ni a descubrir cada sábado un continente nuevo en mi planeta, ni a llegar andando andando andando hasta Beirut.
Nunca vuelvo a jugar a Embrujadas, ni a tener superpoderes, ni al parque en el que me hice mayor. Nunca vuelvo a la hora del recreo, ni a comerme un sándwich aplastado como si con él pudiese paliar el hambre en Etiopía. 
Nunca vuelvo a tocar el Zafira en clave salve, ni a ver morir en mi cama un viernes, ni a no dudar de nada cuando las tardes son naranjas, ni a saber perfectamente qué estoy haciendo aquí.
Nunca vuelvo a enamorarme en un abrazo ni a llamar abrazo a nada de lo que vino después.

Nunca vuelvo a respirar habichuelas, ni a llorar la niñez sin amargura, ni a cantar bingo sin cartón de vino, ni a ser cascarilla, ni pequeña, ni a esconderme con total eficacia detrás de mi hermana mayor.
Nunca vuelvo a salir de clase a las ocho de la tarde y ver a mi padre en la puerta, ni a pedirle que por favor llegue con tiempo, ni a saber con más egoísmo que sobrecogimiento que siempre ha estado esperando ahí.
Nunca vuelvo a querer ser una princesa, ni a que eso no signifique nada, ni a posar con Bambi en una foto, ni a endosarme el disfraz de Blancanieves por septuagésima vez. Nunca vuelvo a la sien casi transparente, ni a bajar la escalera de caracol como si no supiera en quién me convertiría, ni a escuchar  A Cualquier Otra Parte por primera vez, ni a tararear divertida una canción que hable de ti.
Nunca vuelvo a decir palabrotas que no entiendo, ni a leer a oscuras ediciones vodeviles, ni a tener un problema basado en chucherías, ni a antes de haberme mirado de verdad a los ojos.

Nunca vuelvo a sentir lo mismo dos veces, ni a ningún lugar del que me fui.

Nunca vuelvo, no.

Pero sí a estar triste.

viernes, 15 de abril de 2016

Aquí va a atardecer toda, toda la vida.

El día que se fueron S y P para siempre
te conocí en una azotea a orillas de la playa
brindamos con copas buenas y vino malo
mientras se hacía poco a poco de noche.
Nos engulló la oscuridad
la rabia
el miedo
la pena.
Planeamos sembrar
el pánico
el odio
semillas de galletas
alimentar la sed
color sangre venganza
implantar
las bases
nuestra belleza por decreto
recolectar
de nuestro conflicto interno, uno armado
de valor
de seguir
adelante.
Prometimos vengarnos
de todo aquello que nos consumía
como llamas del infierno
como llamas y no te contestan
como la propia voz rebotando en las costillas
relamidas con el hambre apremiante del 'no me gusto'
ese eco que se propaga entre la carne y el abismo
amplificando y detonando por dentro
el protocolo de inseguridad.
Pero avanzamos,
a hurtadillas por el mundo
cavando trincheras en el tiempo
trazamos los caminos a seguir
para escrutar los del señor
y destruirlos, pero
no sé cómo
al final
acabamos haciendo eses
y corazoncitos en los puntos de las íes.

Me escuchaste
llorar
tremendos
días de verano.

Te escuché
reír
a la cara
de los hijos de puta.

Fuiste el big bang
el origen de todas las cosas
pusiste colorinchis en las estrellas
incluso después de morder Plutón en el 87.
Perdiste la dignidad en algún punto del espacio- tiempo
y resurgiste de tus cenizas
como ese polvo intergaláctico que recuerda
que una vez brilló
y, sin embargo, brillas.
Perdiste el miedo a perder
ganaste
diez euros en la tómbola
un pasaje en El Tren de la Bruja
ofertas del Telepizza
y mis vísceras para siempre
Porque eres tú
un coro góspel en el infierno
un devoto descubriendo qué es realmente Dios
una pistola de agua
un cañón de tomo y lomo
una guerra de almohadas
un ataque de risa.
Y aunque te empeñes en poner bombas
en las iglesias de barrio
nunca podrás huir del bien
cuando te miro a los ojos
a tus ojos
universo
que se expande
en dirección a la alegría
desde mis ojos
tristeza
que se encoge
en cualquier dirección
si voy contigo al lado.
Estaré siempre contigo
aunque te vayas a Chipre
o a las antípodas de dosmiltrece
pero por si acaso, algún día no recuerdas
no ves
o no sabes
yo no voy a olvidar
nunca las canciones de Zahara
ni la gracia que me hizo estallar Mercurio
una tarde de jueves cualquiera.
No voy a olvidar a todos aquellos que reconvertimos
a la religión que cree en siete vidas eternas
y le reza a un ser que vive en el espejo
o a otro que te da la mano cuando no eres capaz de mirar hacia uno.
No voy a olvidar
todo lo que conseguimos juntas
lo que construimos
el lenguaje
las fechorías
las montañas, los ríos de sangre, los mares
la contaminación
lumínica y acústica
cuando por fin nos reencontramos
ni entender
que Marte era un cabronazo
que Venus lee la superpop
que Júpiter no está tan lejos
y que, después de todo, tú eres mi tierra.
Y si la paz fuese un lugar
al mirar al frente seguiría viendo gatos en los tejados
y a ti al lado encendiendo todas esas luces
porque eres infinita y tienes
la inocencia y la perspicacia de las crías
que, de ponerse de puntillas, crecieron
a sabiendas de que la luna menguante
es aquella que engaña a los tontos
y este lugar
este lugar que ahora es
una playa azul en el que la tristeza
es un bacalao color salmón
(y nos hace risa)
una merienda que engulle
esos gritos de mierda que nos damos
cuando nadie nos escucha,
en este terrao que nació en Siberia
y en el que, de repente, ya es quince de abril...
Y aquel día que S y P se fueron para siempre
quizá brindé porque entonces también lo supe
que todo lo que vino después
lo que sobrevivió al agujero negro
las prisas,
la caza de las perseidas,
las lágrimas de San Lorenzo
ver cómo atardecía
no se trataba en el fondo de ellos
y siempre fuiste tú.


https://www.youtube.com/watch?v=pE_tHj2LzmM