martes, 10 de enero de 2017

3 y media.

Me he despertado a las 3 de la mañana
recordando el poema que escribió Lucía sobre los chicos a los que nunca amó
que son, con suerte, la mayoría.

Me hubiera gustado responderle que después de todo
me encojo en la cama en un gesto de abrazo
mucho más abrazo
que todos los de mis novios del Tres
al Cuarto
porque he tenido que aprender a hacerlo
y aunque he tenido que aprender a hacerlo
ahora lo hago porque quiero
aunque siga queriendo otras cosas.

Alguien que entienda.
Alguien que abrace.
Alguien que entienda que no quiero seguir escribiendo qué entienda
y que lo entienda.
Alguien que abrace.
Alguien que en la cama le vayan las posturas ideológicas.
Alguien que abogue por lo húmedo como sueño y no como tipo de frío.

Alguien que no coloque la guinda de la índole en La Broma
porque la risa a mí ya me sale sola.
Alguien que no confunda estar triste con serlo.
Alguien que no fuera alguien triste
sólo un poco por dentro.

Alguien que jamás se atreviera a discernir la alegría de la pena
a sabiendas de que la felicidad es una tercera cosa distinta
y que siempre hay terceras cosas
y que siempre hay cosas distintas.

Y que yo seguiría queriendo otras.

Me he dormido a las 3 y media de la mañana
escuchando el ronroneo lejano del camión de la basura
mientras mi conciencia se disolvía como un azucarillo
junto al pensamiento de que hubo una época en la que yo pasé a la misma hora
quizá la misma hora en que la murió un invierno estúpido
quizá la misma hora en la que Lucía escribió el poema
quizá la misma cantidad chicos a los que yo no amé
y que fueron, con suerte, la mayoría.

jueves, 5 de enero de 2017

El olvido debe parecerse mucho a cambiar de opinión
pero he vuelto a cambiar de opinión.

¿Y si sigue pasando el tiempo y yo sigo estando tan triste?

He vivido no sé ya cuántos años, y la verdad
me hubiera gustado que te hubieses quedado
a contarlos.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Carta cerrada al 2016.

Querido 2016:

Nos conocimos un viernes. Aquel día cené ibuprofeno y pizza, porque Bellotita estaba conmigo cuando llegaste. Luego se fue y regresó en abril y luego en agosto... y ya no sé si va a volver pronto o nunca. Ojalá que nunca, ¿sabes? Como comprenderás, yo no la echo de menos pero le puse nombre y una mantita encima cuando se quedaba sopa viendo la tele porque sé que ella tampoco tuvo la culpa.

Me recuerdas mucho a los libros de aventuras que nunca leí de niña. Tal y como imagino esos escenarios verdes, esas tramas grandilocuentes pero sencillas o lo que arranca del narrador el adjetivo feligrés. También por ese imparable suceder de personajes que vienen a darte la llave de la siguiente puerta y se van, los Pequeños Watsons, lo elemental... Y los giros rocambolescos o los predecibles pero rotundos o incluso los tan sutiles de esa preciosa y encorsetada bailarina que está condenada a dar vueltas y vueltas al mismo eje pero depende de quién la mire puede hacerlo hacia un lado u otro.

Ahora veo pasar en mi memoria, como una estampida de bestias de colores, las mil hazañas en las que me metiste. Como la del banco del parque mullidito o la de la gymkana que me preparaste por Madrid con mi amiga La Pato. O aquella en la que me escondiste un aleph en un burrito del curry. Qué hijoputi, casi me lo trago. O la de reencontrarme con mi madre en la fiebre, escondida, justo ahí: entre el uso del ajo a modo de chicle antibiótico y el relativizar.

¿Y te acuerdas del viaje a Panamá? 500 horas de coche para llegar a un pueblo de Cuenca. Si te digo la verdad, en aquel momento pensé "Qué cutre, dios". Pero qué bonita me pareció, al regresar, mi cocina de la postguerra mientras me engañipaba sola toda una lata de Pringles.

Aunque si tuviera que elegir un momento, casi que me quedo con en el que descubrí que todas las personas a las que perdí y me quedaron cosas por decirle sintieron que también les quedaron cosas por decirme a mí. Y, aunque no sé si alguna vez nos las diremos (y eso me parezca más triste que La Luz de McEnroe), tus cantinelas naranjas a mediatarde me convencieron de que quizá hasta era lo mejor. A veces tienes tanto que contarle a alguien que decírselo todo sería reconocer que nada era tan importante.

Voy a guardar la cucharilla del helao en el que me di cuenta de que me gustabas de verdad, y también el ingrediente secreto que extrajimos de X y que bien supimos que algún día construiría el motor que hiciera factible, al fin, la máquina del tiempo. Quién sabe si en algún momento lo sintetizo y lo enlaboratomizo y nos volvemos a ver. De momento, yo ya me he puesto las bragas rojas para el siguiente que venga. La vida sigue, ¿no? Y mira que repite eso la gente como un mantra, pero tuviste que venir a enseñármelo tú.

Había estado tan triste que el día que hicimos la trastailla de meter la mano en el majestuoso reloj de cuerda, que era un simple reliquiario en la salita de estar, para hacerlo funcionar de nuevo, me reí más que en toda mi puta vida.

Gracias por el joyero feo que me regalaste. Lo abrí tarde aunque te pusiera cara de qué guay, porque coño... qué mierda era esa. Pero sólo tú podías programarle dentro la canción de Un buen día seguida de la de Gitana del Manzanita y que sonaran como si hubiesen ido juntas siempre. ¡Ah! Y ya he pillado el truco de la bailarina. Tenías razón: sólo había que fijarse bien para verla cambiar de dirección. Ya la veo moverse hacia adelante.





martes, 27 de diciembre de 2016

Un buen día.

He estado pensando que me gustaría volver atrás
sólo cinco minutos

a la navidad en la que mi madre me tuvo estudiando matemáticas
para contarme por qué me costaba tanto resolver problemas
que no era culpa mía, que simplemente me faltaban datos.

a casa de Lola el último día que la pisaría 
para preguntarle qué detergente de la ropa usaba
y prohibirlo terminantemente en mi lista de requisitos para abrazarme.

al cuento de caperucita
para decirle al lobo: algún día tendré la boca más grande que tú
y pegar una carcajada que ahuyente hasta al puto leñador de los cojones.

a la cerveza que extrajo de mí una vulnerabilidad elegida
para acordarme de a qué saben las cosas a las que no les preguntas nada.

a la oportunidad a la que renuncié por algo que no lo mereció luego
para volver a renunciar a ella.

a la última vez que pude hablar con una persona importante
para no decir absolutamente nada.

a las discusiones estúpidas con gente estúpida
que cree que hay quien no sabe de la vida
como si hubiera que saber algo.

a los ojos de todas aquellas chicas
porque ya no tengo miedo.

al otro lado del otro lado del espejo
porque ya no tengo miedo.

a aquel despacho inmenso en el que me señalaron con el dedo
para darme cuenta de que no era un despacho inmenso.

a una canción de los noventa 
para sentirme como en casa.

a una canción de la primavera pasada
para sentirme como en casa.

Volver atrás

sólo cinco minutos

a releer todas esas cartas que ahora duermen al fondo del cajón
de a los que se las escribí
y entender por fin 
por qué
yo.

sólo cinco minutos

a esa mañana de diciembre, a esta misma habitación
una completamente distinta
pera encontrarme aquí
resolviendo a blandas penas
cuestiones algebraicas y mayéuticas
para ir corriendo y gritarme:
Irene, ya he encontrado el mínimo común múltiplo

y no pienso chivártelo.