miércoles, 21 de septiembre de 2011

La vida en la mochila.

Ayer fui con mi madre a Alcampo con la finalidad de comprarme una mochila. Aunque es un centro comercial grande con tiendas y chorradicas para distraer de manera eficaz a la gente, evidentemente, primero fuimos a ver mochilas. Cuando yo ya había elegido un modelo precioso de Converse (qué le vamos a hacer) negro y discreto, mi madre pensó que podríamos realizar otras compras, ya que estábamos allí, e ir luego a por la mochila, y que así no fuera una carga el resto de la tarde. Qué ironía, ¿no? Una mochila que no sea una carga. Es estúpido y tiene toques repelentes de paradoja. Una mochila siempre es una carga. Al fin y al cabo, para eso sirven las mochilas...
 Toda una tarde con mi madre da para mucho, y no es por hacerle la pelota. Si de algo me he dado cuenta, es de que disfruta hablando conmigo, y eso es algo que aunque yo lo diga poco, me ayuda mucho. Me habló del blog, del éxito de mi ánimo septiembrero, y poco a poco, entre risas y madrerías, me pidió (con su manera de hacerlo) que escribiese pronto otra entrada. Y como se nos da bien divagar juntas, así fue como surgió la grandiosa idea de las posibilidades de una entrada mochilera. Y mientras seguimos con las compras, yo empecé a pensar en la gran cantidad de tipos de mochilas que existen... más incluso de los que cualquiera nos paramos a pensar. La culpa de este fenómeno mochilero, la tiene precisamente el transfondo de una mochila, que puede ser de tela, de miedo o de cualquier material que permita agrupar cosas que se vayan acumulando. Una mochila es útil, sin duda. Pero no todas lo son.
Por ejemplo, esas mochilas escolares, que pesan kilos y kilos de, muchas veces, "conocimientos" que pesan más de lo que una espalda sana puede cargar. O esas mochilas de gimnasio, llenas de ropa, cosméticos, perfume, para salir luego con quien nos ha llevado, indirectamente, a esa necesidad de ejercicio. A veces las mochilas se cargan demasiado y cuando llevamos muchas cosas encima puede ser un gran alivio contar con una. Pero en cualquier caso, una mochila pesada es una mochila difícil de llevar. Pero dentro de lo que cabe, esas mochilas son útiles.
Las mochilas de material no factible son las que más problemas nos causan, y no precisamente problemas de espalda. A mí son las mochilas que más me aterran. Porque no tienen un tope, o eso creemos, porque claro que lo tienen. Ser ciegos emocionales nos conduce al conflicto de cargar la mochila más de lo que ésta está dispuesta a soportar. Y que una mochila sea o no sea visible, esté llena de cosas que se tocan o que se sienten, no quita que no tenga un tope.
En realidad, sólo por el hecho de ser humanos, Dios, el alma, o lo que sea que exista, nos regala una mochila al nacer. El material no es plástico, ni poliéster ni forro impermeable. El material es tiempo, y soporta tantas cosas que a veces sobrepasamos el peso cuando ya es tarde. Lo que se mete en esa mochila es casi infinito, casi. Se rige, por todas las leyes principales mochileras: Imposible cargar más peso del que nosotros somos capaces de coger. Y, como en toda mochila, las cosas que se meten, se sacan igualmente.
Es fácil decirlo, ¿eh? Pero, para ser sinceros: ¿a quién no se le ha acumulado carga vital en esa mochila? Hay momentos que no es posible hacerlo de otra manera. El miedo, la pena, la rabia, los celos, la no autoestima o la soledad, pesan tanto tanto, que la mochila tarda poco en estar rebosante. Por eso no es difícil que se acumule pronto una gran carga. Sin embargo, con las cosas buenas de la vida, pasa totalmente lo contrario. La felicidad, las ganas, la ilusión o el amor, no pesan nada... O sí, sí que pesan... pesan tantísimo que colapsan la mochila, la revienta, la agujerean, y la vacían. Nos hacen más ligero el camino. Pero aunque las cosas malas tengan un peso tan grande, la mochila jamás se rompe, jamás se hace ligera. Y si la sobrecargamos, el peso puede caer sobre nosotros y eso podría hacernos daño... más daño todavía. Hay épocas que nos caen en las manos cosas buenas, y épocas que, sin embargo, nos llueven las cosas malas. Y no es culpa de nadie. No hay remedio para evitar que una mochila pese cuando le ha tocado su momento de pesar. Pero sí que hay manera de seguir adelante, aún pensando que en el próximo paso caeremos absolutamente redondos al suelo. El truco está en ayudarse con el peso. A veces hace  falta valor, también en la mochila, para sacar (aunque sea poco a poco) trozos de esas cosas malas e ir enfrentándolas, no a la espalda, sino cara a nosotros, mientras nos miran, y descubrimos que somos más fuertes de lo que nos creíamos, y que gracias a todo ese peso, nuestra mochila ha cedido un poco y la próxima vez, el mismo peso nos resultará mucho más llevadero.
Por supuesto, hay mochilas compartidas. Y eso, claro... siempre es mucho más fácil. Ojalá siempre pudiéramos repartirnos el peso con alguien que esté dispuesto a cargarse un poco. Pero todos y sin excepción, vamos a cargar esa gran mochila solos, la mayoría de veces en la vida. Y eso es lo que más miedo da.
Lo que no te mata, te hace más fuerte. Y lo que te hace más fuerte, te lleva a vivir más. Te lleva a la alegría de tener dentro de ti ese coraje para ir tú, tú solo a por todas esas cosas que tienes ganas de tener dentro de tu mochila. Porque, en el fondo, lo único que importa, es que jamás tu mochila se quede vacía. Tan necesario como la cremallera, resulta siempre un sueño por el que luchar y por el que estamos dispuestos a soportar todas las toneladas del mundo.
En cuanto a mi mochila, ahora mismo pesa un montón. Pero sigo adelante, por muchas razones. Una de ellas, es que el peso que cargo, también tiene sus retales de cosas buenas. Y el otro, es porque sería injusto dejar de andar ahora, a mis "dulces dieciséis" sólo por un poco de miedo. Si algo he descubierto, es que muchas veces siento que nadie puede ser consciente de ese peso que me taladra las rodillas y me obliga a caer. Pero luego me echo un poco de sentido común a la mochila, y me digo: "Es injusto llorar por algo que mañana me hará gracia. Es injusto por la gente que carga con problemas de verdad." Y no os equivoquéis, diciéndome eso no me siento mejor... pero, realmente, me siento un poco menos sola. No por las desgracias ajenas, sino por lo remediable que resulta lo malo de mi vida. Porque no es irrevocable. Porque sólo me hace falta ese sorbito de valor y una pizca de tiempo para que desaparezca. Porque si de algo me he dado cuenta es de que si sigues aquí, en este lugar que se llama Tu vida, el propio cosmos te equilibra la mochila. Habrá cosas buenas, malas y cosas que apenas atraigan nuestra atención. Pero desmenuzarlas, entenderlas y enfrentarlas, es la base para que podamos seguir caminando por ese mundo lleno de miedos.
Quizá la mochila seamos nosotros mismos. Quizá nosotros seamos una gran mochila llena de sentimientos y humanidades. Y que "desahogarnos": llorar, gritar, o apoyarse en otra "mochila", sólo significa hacer más fuerte nuestra fuerza. Y a veces va a dolernos, como si nos pusieran un ladrillo de mil kilos sobre la cabeza. Pero vamos a resistirlo, y vamos a aligerar el paso en cuanto superemos eso.
Puede, también, que el mundo sea la mochila y que todos estemos aquí, juntos, a veces cayéndonos por el precipicio que implica vivir en un recipiente lleno de cosas que ni podríamos imaginar. Y que no hay que engañarse, que todo pasa. Y que podemos estar hoy aquí y mañana allí. Lo importantes es lo que he dicho antes: que jamás nos falten ganas de seguir adelante. Porque como dicen por ahí, lo mejor siempre siempre siempre está por venir. Y aunque haya malas rachas, siempre hay momentos buenos, como el de ayer con mi madre por ejemplo. Que es la persona más fuerte emocionalmente que conozco. Y cuando estás con ella, sin pretenderlo o pretendiéndolo, se echa en su mochila muchas de las cosas que pesan en la tuya.  Por eso ayer se me olvidó el tema de cuánto pesa la vida y en cuántas cosas feas se me estaban acumulando en la mochila. Al final, cuando ya íbamos de camino a casa, se me había olvidado cualquier ápice triste que me esté coloreando en estos momentos. Y así fue como, entre sonrisas y despistes en buena compañía, caímos en la cuenta de que habíamos aprovechado el viaje y habíamos hecho un montón de compras... pero  nos íbamos alejando, sin ser consciente de que se nos olvida una cosa: la mochila. Y allí nos la dejamos. Y no fue la única mochila que se me olvidó...





Pero bueno, como la vida no va de eso, y como ni los problemas ni los libros kilográmicos se llevan solos, al final, un ratito después, volví con mi hermana para comprármela y ya sin olvidos. Pero a ella no le gustaba la Converse negra. Las mochilas dicen mucho de quien las lleva a la espalda. Y esta me pega mucho más, ¿verdad? Porque si tuviera que ponerle color a lo que soy, elegiría el azul... y bueno, también, en ocasiones, se me da bien eso de quedarme a cuadros.  Y además, estoy absolutamente segura, de que ésta mochila y todas las que lleve en todos los sentidos, pronto van a ser lo que parecen: mochilas cargadas de alegría, también de los miedos que esas alegrías conllevan,  de proyectos y, sobretodo, de iniciativa. Iniciativa para seguir caminando sola, con mi mochila, y con (co)razones de peso que me ayuden a sobrellevarla.

7 comentarios:

  1. "...con las cosas buenas de la vida, pasa totalmente lo contrario. La felicidad, las ganas, la ilusión o el amor, no pesan nada... O sí, sí que pesan... pesan tantísimo que colapsan la mochila, la revienta, la agujerean, y la vacían. Nos hacen más ligero el camino..."
    Acaba de explotar mi mochila!!!!!!!!

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  2. Me encantaría llevar un rato tu mochila para ver si se pega ( "to se pega menos la hermosura") un poquito de esa sensibilidad que te desborda

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  3. uff madre mia Irene ,no se por donde empezar...intentaré no dejarme nada en mi cabeza sin escribir. Tengo la suerte de haber vivido en primera persona tu historia de la mochila antes de que la plasmases en tu blog y sabes?? despues de leer la entrada esa boceto de historia ha tomado unas dimensiones realmente increibles,por que??simplemente porque tu la has escrito. Mientras la leia pensaba minuciosamente en cada una de las palabras que escribias para no perderme ningun detalle,como buscando el que esas palabras provocaran en mi sentimientos....y vaya si lo han provocado.Me han hecho pensar, pensar en mi mochila y pararme a ver de que está llena,que cosas tengo dentro que pesan demasiado, que puedo hacer para equilibrarla y que no me pese tanto, como puedo hacer mas hueco en su interior y sobre todo.....que cosas quiero sacar de ella para no llevarla en la espalda y poder verlas cara a cara.
    Me recuerdas a mi hermana....ella tiene otro "Don" y luchó para desarrollarlo hasta el infinito y lo consiguió.... hoy en dia vive de eso y es inmensamente feliz.
    Y por último...gracias Irene...gracias por escribir con el corazón.

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  4. ¡Qué jamás te falten las ganas para seguir adelante! Con estas reflexiones y esta actitud, estoy segura de que conseguirás llevar una mochila llena de sabiduría y de felicidad.

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  5. Al final hiciste una muy buena elección. Esa mochila te va con el color de tus ojos. Y sí, parece fuerte, tanto como tú, pero lo que más me ha gustado de tu mochila es lo que lleva por dentro, eso que no se ve pero se intuye.
    Me ha encantado lo de quedarse a cuadros, buen símil, porque quedarse a cuadros forma parte de la inocencia. No la pierdas nunca. Eres genial.

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  6. Gracias!!! y en especial a Ana. Que si algo guarda en su mochila es otro "Don", para meterse tan dentro en sus emociones y en las de los demás... gracias. :)

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