martes, 29 de noviembre de 2016

Cruces.

Yo tuve un novio que se llamaba Ramiro. Era majete, la verdad. Hacíamos cosas chulas: manualidades con lucecitas (una ciencia interesante), papiroflexia con las siestas, corríamos ante la incomprensión de los mayores y ganábamos la carrera. Fueron años bastante amarillos. Nos peleábamos, nos reconcilíabamos, nos peleábamos... Echábamos a suertes quién se comía el último bombón y él siempre hacía trampas. Y luego, me comía ocho más.

Recuerdo con pulcra precisión los campos de mimbre, el domingueo, lo inocuo mezclado con la sangre en las rodillas. Cuando volvía a casa sobre una tierra limpia, envuelta en partículas ámbar, con los ojos abiertos, blanca como el olor con el que me bautizaron.
Me volví una saltinbanqui, una sufría, una ilustradora de cancioncillas infantiles, una verdulera caníbal: perdí los nervios, la sangre, el hierro, el escenario améliense en el que hundir la mano en un saco de gravilla. Me reí. Me comí una playa (porque me la mezcló con el colacao, el Ramiro, más malo... se las sabía todas). Lloré, también, como una niña. Aunque juraría que ésa es otra historia.

Podría hablar de muchas cosas, pero nunca eres capaz de decirle a los demás cuánto duele un piñazo con la bici ni cuánto cura el cariño de tu madre (porque eso es denigrante a los 8 años, ¿no?). Que hice un corazón en un arbol y puse dentro I y R, porque soy una burra. Que para llorar la herida tuvo que incendiarse el bosque, y aún así no pude salvarlo. Que pasa a veces, supongo. Que la garganta se reseca a medida que tiene que ir tragando las cenizas del los pájaros que ya nunca más resurgen. También que hay rocas tan fuertes como algunos abrazos.

Y yo decía: 'Ramiro, hijo, que el veneno es una flor y yo tengo las manos casi siempre llenas de rotulador'.

Nos peleábamos, nos reconciliábamos, nos peleábamos...

Pobrecillo. Un día le atropelló un camión.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Tralará.

He construido un puente sobre las cinco letras de mi nombre para poder salir de aquí. Quiero alcanzarte, pero en el tuyo hay un precipicio en medio, y me atraviesa.

He hecho equilibrismos desde el otro lado del alambre. Me tambaleo cuando conviertes el metal en cuerda extensa, y STARE en un verbo, y a mí no sé si en prisma o ángulo muerto. Salto a la pata coja porque cuando te doy la mano tú me coges la piedra, y tropiezo.

No puedo bajar a jugar, ya no soy una niña. Aunque me aguante la risa como si tensara un tirachinas, conteniendo una carcajada explosiva de canicas por miedo a resbalarme.

Soy una mujer, sin escondite ni perspectivas de salve. Ahora soy yo la muñeca y por las chicas bonitas pagan mucho dinero. En un momento, la palabra matarile mutó en amenaza y de repente me asusta. Vivo asustada sobre un mar de cadáveres rosa que empieza a inundarme los párpados, y cada vez escucho más lejos la voz de mi madre remando.

No puedo bajar a jugar: ya no puedo caer más bajo.

Una vez, un día, a una hora, mi nombre fue rayuela, ¿por qué coño escondiste la mano?

Sueño que me ves sirena, pero lo cierto es que bajo el mar no hay peces cantando.

Así que, por favor... si no me vas a decir dónde están las llaves, al menos dame una salida.
Estoy cansada de construir puentes y que te cruces desviándome hasta Terabithia. Me recuerdas tanto al reflejo de las luces del patio de mi casa; tanto a la promesa de aquella canción de cuna.

Te he visto pajarillo que canta en la laguna, pero sólo era una laguna.

En realidad, soy mucho más pequeña que una niña.

No es que no quiera jugar, es que...

Ahora que no vamos a ninguna velocidad, ¿por qué seguimos contando mentiras?

jueves, 17 de noviembre de 2016

Pasajero.

He conocido a un chico que es capaz de volar
un avión en un jardín
yo no tengo ni un avión ni un jardín, pero conozco a un chico que es capaz
y no me parece justo.

He conocido a otro que me invita a cerveza en su terraza
la terraza es preciosa, y el día es precioso, pero
desde el azul cielo oigo el ruido de un motor
y me parece una pena.

Pero sobre la pena y la injusticia ya no quiero escribir nada.

He conocido a mucha gente que ha querido quemarme las manos
por no leerme
no ver mi futuro tonto
mis tres niños muertos
la línea de una vida torcida
o la casa sin jardín y con piscina
,
y de todos, he odiado menos
a los que me escupieron encima
que a los que las agarraron como si aterrizasen en ellas.

He conocido a muchas chicas que tenían un jardín; algunas, incluso, un avión
y por primera vez no voy a seguir hablando de esto.



Me he prometido que me voy a cuidar sólo
porque una vez se lo prometí a alguien
a quien encendí las velas de mi dieciocho cumpleaños en el suyo,
y ahora
 me
   la
    sopla.

Las promesas que se cuentan no se cumplen: en serio, no las pidáis.

Vuestros deseos son desórdenes para mí, y aun estando enferma
reconocería a cualquier azafata de un espejo.

He conocido a mucha gente, y la mayoría ya no me suena de nada.

Hoy el ser humano me parece esa secuela estúpida
de una peli que se filtró en nuestras mentes y nos hizo
tan de mentira.

No quiero tener razón ni angustia ni remedio
ni otra versión mejorada de mí misma
tampoco justicia, ni consuelo
,
no me quiero morir, sólo quiero quedarme dormida
cien años
,
y al despertar,
contaros que un día hubiese jurado que nunca podría perdonaros

y que era mentira.


sábado, 29 de octubre de 2016

Microcuento.

Había una vez una tía tan buena, que era buenísima en mil cosas
tan buena en explicar la siesta de un martes que entiendes la Teoría de Cuerdas, y durante ese rato olvidas todas las que alguna vez quisiste enrollarte al cuello
una tía eficiente a la hora de hablar; una speaker spiker
un patio de butacas jugando a la comba; una mano invisible de voz que clava las uñas en cada garganta atenta;
un silencio diferente al de un sepulcro.
una chica de ciencias, porque ansías la química
una chica de letras, porque acabas viéndola en la sopa
una experta sismógrafa que, al final de la intervención, te hace cuestionar cuánto mide tu cuerpo en la escala Ritchter
una tía que sabe de dialéctica, farmacognosia, histología, flores silvestres, diplomacia y la lógica que sigues
una politóloga, políglota, polícroma y polífaga de Doritos
una chica práctica, teórica, discípula del contradogma
tan buena, que la técnica en sus manos es decoro, y las usa
y dice y cuenta y construye y limpia y sujeta y ofrece y pide y agarra y acaricia y aplaude el talento en la repisa que no alcanza
un metro sesenta y uno del saber reconocer hasta donde se llega
y hasta donde no
cuarenta y ocho kilos de recursos más útiles para cambiar el mundo que toneladas de dinero sucio en sacos terribles
una chica tan humilde que reconocerías de un abrazo
tan para tanto que no es para tanto
una mujer lista, perspicaz, ingeniosa, cómplice, crítica y moldeable; una fiera, una tiburona, una lucecilla en la playa; alguien que podría haber llegado a cualquier parte


pero estaba obsesionada con que la quisieran.