jueves, 29 de diciembre de 2016

Carta cerrada al 2016.

Querido 2016:

Nos conocimos un viernes. Aquel día cené ibuprofeno y pizza, porque Bellotita estaba conmigo cuando llegaste. Luego se fue y regresó en abril y luego en agosto... y ya no sé si va a volver pronto o nunca. Ojalá que nunca, ¿sabes? Como comprenderás, yo no la echo de menos pero le puse nombre y una mantita encima cuando se quedaba sopa viendo la tele porque sé que ella tampoco tuvo la culpa.

Me recuerdas mucho a los libros de aventuras que nunca leí de niña. Tal y como imagino esos escenarios verdes, esas tramas grandilocuentes pero sencillas o lo que arranca del narrador el adjetivo feligrés. También por ese imparable suceder de personajes que vienen a darte la llave de la siguiente puerta y se van, los Pequeños Watsons, lo elemental... Y los giros rocambolescos o los predecibles pero rotundos o incluso los tan sutiles de esa preciosa y encorsetada bailarina que está condenada a dar vueltas y vueltas al mismo eje pero depende de quién la mire puede hacerlo hacia un lado u otro.

Ahora veo pasar en mi memoria, como una estampida de bestias de colores, las mil hazañas en las que me metiste. Como la del banco del parque mullidito o la de la gymkana que me preparaste por Madrid con mi amiga La Pato. O aquella en la que me escondiste un aleph en un burrito del curry. Qué hijoputi, casi me lo trago. O la de reencontrarme con mi madre en la fiebre, escondida, justo ahí: entre el uso del ajo a modo de chicle antibiótico y el relativizar.

¿Y te acuerdas del viaje a Panamá? 500 horas de coche para llegar a un pueblo de Cuenca. Si te digo la verdad, en aquel momento pensé "Qué cutre, dios". Pero qué bonita me pareció, al regresar, mi cocina de la postguerra mientras me engañipaba sola toda una lata de Pringles.

Aunque si tuviera que elegir un momento, casi que me quedo con en el que descubrí que todas las personas a las que perdí y me quedaron cosas por decirle sintieron que también les quedaron cosas por decirme a mí. Y, aunque no sé si alguna vez nos las diremos (y eso me parezca más triste que La Luz de McEnroe), tus cantinelas naranjas a mediatarde me convencieron de que quizá hasta era lo mejor. A veces tienes tanto que contarle a alguien que decírselo todo sería reconocer que nada era tan importante.

Voy a guardar la cucharilla del helao en el que me di cuenta de que me gustabas de verdad, y también el ingrediente secreto que extrajimos de X y que bien supimos que algún día construiría el motor que hiciera factible, al fin, la máquina del tiempo. Quién sabe si en algún momento lo sintetizo y lo enlaboratomizo y nos volvemos a ver. De momento, yo ya me he puesto las bragas rojas para el siguiente que venga. La vida sigue, ¿no? Y mira que repite eso la gente como un mantra, pero tuviste que venir a enseñármelo tú.

Había estado tan triste que el día que hicimos la trastailla de meter la mano en el majestuoso reloj de cuerda, que era un simple reliquiario en la salita de estar, para hacerlo funcionar de nuevo, me reí más que en toda mi puta vida.

Gracias por el joyero feo que me regalaste. Lo abrí tarde aunque te pusiera cara de qué guay, porque coño... qué mierda era esa. Pero sólo tú podías programarle dentro la canción de Un buen día seguida de la de Gitana del Manzanita y que sonaran como si hubiesen ido juntas siempre. ¡Ah! Y ya he pillado el truco de la bailarina. Tenías razón: sólo había que fijarse bien para verla cambiar de dirección. Ya la veo moverse hacia adelante.





martes, 27 de diciembre de 2016

Un buen día.

He estado pensando que me gustaría volver atrás
sólo cinco minutos

a la navidad en la que mi madre me tuvo estudiando matemáticas
para contarme por qué me costaba tanto resolver problemas
que no era culpa mía, que simplemente me faltaban datos.

a casa de Lola el último día que la pisaría 
para preguntarle qué detergente de la ropa usaba
y prohibirlo terminantemente en mi lista de requisitos para abrazarme.

al cuento de caperucita
para decirle al lobo: algún día tendré la boca más grande que tú
y pegar una carcajada que ahuyente hasta al puto leñador de los cojones.

a la cerveza que extrajo de mí una vulnerabilidad elegida
para acordarme de a qué saben las cosas a las que no les preguntas nada.

a la oportunidad a la que renuncié por algo que no lo mereció luego
para volver a renunciar a ella.

a la última vez que pude hablar con una persona importante
para no decir absolutamente nada.

a las discusiones estúpidas con gente estúpida
que cree que hay quien no sabe de la vida
como si hubiera que saber algo.

a los ojos de todas aquellas chicas
porque ya no tengo miedo.

al otro lado del otro lado del espejo
porque ya no tengo miedo.

a aquel despacho inmenso en el que me señalaron con el dedo
para darme cuenta de que no era un despacho inmenso.

a una canción de los noventa 
para sentirme como en casa.

a una canción de la primavera pasada
para sentirme como en casa.

Volver atrás

sólo cinco minutos

a releer todas esas cartas que ahora duermen al fondo del cajón
de a los que se las escribí
y entender por fin 
por qué
yo.

sólo cinco minutos

a esa mañana de diciembre, a esta misma habitación
una completamente distinta
pera encontrarme aquí
resolviendo a blandas penas
cuestiones algebraicas y mayéuticas
para ir corriendo y gritarme:
Irene, ya he encontrado el mínimo común múltiplo

y no pienso chivártelo.

viernes, 16 de diciembre de 2016

La vía láctea como pinchazo perenne en el pecho.

Cualquiera que haga un poco de zoom en la Cultura Universal, puede ver que para el mundo -el mundo entero- las mujeres nos dividimos básicamente en dos grandes grupos: las madres y las hijas de puta. Algunos hombres te violarán porque eres una hija de puta; otros, no lo harán porque tienen madre (y quien dice madre dice hermana, novia o incluso progenie: cualquier categoría femenina cuyo significado se construya en base a un posesivo).
Porque ampliando un poco más, fácilmente se observa que los hombres no quieren a las mujeres. No, no las quieren. Y esto no es ni un mantra feminazi ni pura literatura: es una de las Mayores Verdades del Universo. Y para quien no me crea dejo aquí las palabras del Señor Houllebecq, por supuesto mucho más válidas que las mías.




Dios es un hombre. Esto lo sé desde siempre: de pequeña, por lo de la barba y la túnica blanca; al crecer, por las veces que ya he visto llorar a las niñas malas.

Svetlana Savitskaya fue la primera mujer en pisar la galaxia, aunque fue Valentina Tereshkova la primera mujer en el espacio. Así lo reconoce la Historia y no en balde: Tereshkova fue pionera en meterse en un cohete y ser lanzada fuera del globo. Hoy ya son en total 525 personas las que han despegado de la órbita terrestre, 56 de ellas mujeres. Esto significa que aproximadamente 3'5 mil millones de hombres han salido al espacio exterior. El manspreading es sólo un síntoma.

Lilith fue la primera mujer en pisar la Tierra; aunque popularmente este título pertenece a Eva. Lilith surgió del mismo polvo que Adán y fue condenada a la Nada por saberse una igual. No lo era. La Biblia la olvida y no en balde: a qué alma femenina se le hubiese ocurrido alzar los brazos antes de que la Venus de Gillete existiera.

Realmente Eva fue la primera mujer porque mujer es no ser nunca la primera.

Veréis, hay dos tipos de mujeres en el mundo: las que se sintieron fuera de onda y las que estaban encerradas en una costilla; las que soñaron con pisar la luna y las que cantaron nanas en su nombre para que alguien durmiera; las Tereshkovas y las Evas; las rubias y las morenas, las Unas y las Otras; los ángeles de Charlie y los de Victoria; las que parecen diosas y las que también se odian; las malas y las buenas; las curiosas y las buenas; las irreverentes y las buenas; las felices y las malas.Y sin embargo, todas somos la misma.

Cualquiera que se pare a mirar dentro de la idiosincrasia humana, verá que aproximadamente 3'5 mil millones de mujeres no han conseguido jamás salir de sí mismas, que Valentina Tereshkova era atea y Eva una hija de la gran fruta; e incluso, si se fija con atención primaria, hasta cuánto ha llorado su madre.

Lo cierto es que algún momento de nuestra vida todas nos hubiésemos muerto por ser CHICAS E S P A C I A L E S.

Pero al cielo sólo van las santas.

O, en cualquier caso, quien Dios quiera.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Balance -técnico, mecánico, en formato excel- de año.

Enero es el país de las maravillas
pero yo no me llamo Alicia.

Febrero es un monstruo tremendo
que habita en una cueva oscura, y a veces oigo
tiritar.

Marzo es el lugar donde guarecen las guaridas
el sitio donde van a acabar las guerras
el porche de un búnker
el patio de mi casa.

Abril es la abeja maya, pienso ahora, porque la vi revolotear
el bichito de luz, la rayuela, el libro impaciente que
espera en la mesilla, pospuesto en aras de
un ejército de tardes en las que se me fue
el Santo al Cielo
(o el arroz con leche de mi abuela
por el caminillo viejo)
la risa ciclópea que, aunque parece imposible, no es imposible
olvidar.

Mayo es la sustancia idéntica entre la amnesia y la flor
un domingo en el que reabrí el cajón de las cartas
para guardar una nueva.

Junio es siempre la fiesta de lo que has sido.
(y aunque ya no lo seas, estar bien).

Julio es una llama incandescente.
(y yo no quiero cogerle el teléfono).

Agosto es una madre enseñando el idioma
e inmadurar es no querer hablar con nadie
y al crecer, distinguir de los octavos meses una tristeza parca
diagnosticada demasiado tarde, cuando ya has visto
que el tiempo ni vuela ni se suspende en el aire
sino que pende de un hilo
sólo percibido al trasluz
azul de los quirófanos.

Septiembre es despertar de un sueño enfermo
el nada de esto ha sido real, y sin embargo.
Una copla
por la vida de mi padre.
Una canción
de Mecano trasnochada
que hoy ya sí quiere levantarse
y echar a andar.

Octubre es marrón, como el chico que me gusta
y eso no es malo.

Noviembre es terciopelo en la boca que dice:
áspero y suave son lo mismo en cualquier lengua.

Diciembre es un final que nunca reconocerías como eso
-un final-
volver a mantener la conversación con la voz de niña
que repite, lorito rubio, todo lo que seguimos
teniendo en común:
el tacto del jersey rojo
el naranja todavía arde indistinto a la canela
mis palmeras favoritas nunca fueron de chocolate.

martes, 29 de noviembre de 2016

Cruces.

Yo tuve un novio que se llamaba Ramiro. Era majete, la verdad. Hacíamos cosas chulas: manualidades con lucecitas (una ciencia interesante), papiroflexia con las siestas, corríamos ante la incomprensión de los mayores y ganábamos la carrera. Fueron años bastante amarillos. Nos peleábamos, nos reconcilíabamos, nos peleábamos... Echábamos a suertes quién se comía el último bombón y él siempre hacía trampas. Y luego, me comía ocho más.

Recuerdo con pulcra precisión los campos de mimbre, el domingueo, lo inocuo mezclado con la sangre en las rodillas. Cuando volvía a casa sobre una tierra limpia, envuelta en partículas ámbar, con los ojos abiertos, blanca como el olor con el que me bautizaron.
Me volví una saltinbanqui, una sufría, una ilustradora de cancioncillas infantiles, una verdulera caníbal: perdí los nervios, la sangre, el hierro, el escenario améliense en el que hundir la mano en un saco de gravilla. Me reí. Me comí una playa (porque me la mezcló con el colacao, el Ramiro, más malo... se las sabía todas). Lloré, también, como una niña. Aunque juraría que ésa es otra historia.

Podría hablar de muchas cosas, pero nunca eres capaz de decirle a los demás cuánto duele un piñazo con la bici ni cuánto cura el cariño de tu madre (porque eso es denigrante a los 8 años, ¿no?). Que hice un corazón en un arbol y puse dentro I y R, porque soy una burra. Que para llorar la herida tuvo que incendiarse el bosque, y aún así no pude salvarlo. Que pasa a veces, supongo. Que la garganta se reseca a medida que tiene que ir tragando las cenizas del los pájaros que ya nunca más resurgen. También que hay rocas tan fuertes como algunos abrazos.

Y yo decía: 'Ramiro, hijo, que el veneno es una flor y yo tengo las manos casi siempre llenas de rotulador'.

Nos peleábamos, nos reconciliábamos, nos peleábamos...

Pobrecillo. Un día le atropelló un camión.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Tralará.

He construido un puente sobre las cinco letras de mi nombre para poder salir de aquí. Quiero alcanzarte, pero en el tuyo hay un precipicio en medio, y me atraviesa.

He hecho equilibrismos desde el otro lado del alambre. Me tambaleo cuando conviertes el metal en cuerda extensa, y STARE en un verbo, y a mí no sé si en prisma o ángulo muerto. Salto a la pata coja porque cuando te doy la mano tú me coges la piedra, y tropiezo.

No puedo bajar a jugar, ya no soy una niña. Aunque me aguante la risa como si tensara un tirachinas, conteniendo una carcajada explosiva de canicas por miedo a resbalarme.

Soy una mujer, sin escondite ni perspectivas de salve. Ahora soy yo la muñeca y por las chicas bonitas pagan mucho dinero. En un momento, la palabra matarile mutó en amenaza y de repente me asusta. Vivo asustada sobre un mar de cadáveres rosa que empieza a inundarme los párpados, y cada vez escucho más lejos la voz de mi madre remando.

No puedo bajar a jugar: ya no puedo caer más bajo.

Una vez, un día, a una hora, mi nombre fue rayuela, ¿por qué coño escondiste la mano?

Sueño que me ves sirena, pero lo cierto es que bajo el mar no hay peces cantando.

Así que, por favor... si no me vas a decir dónde están las llaves, al menos dame una salida.
Estoy cansada de construir puentes y que te cruces desviándome hasta Terabithia. Me recuerdas tanto al reflejo de las luces del patio de mi casa; tanto a la promesa de aquella canción de cuna.

Te he visto pajarillo que canta en la laguna, pero sólo era una laguna.

En realidad, soy mucho más pequeña que una niña.

No es que no quiera jugar, es que...

Ahora que no vamos a ninguna velocidad, ¿por qué seguimos contando mentiras?

jueves, 17 de noviembre de 2016

Pasajero.

He conocido a un chico que es capaz de volar
un avión en un jardín
yo no tengo ni un avión ni un jardín, pero conozco a un chico que es capaz
y no me parece justo.

He conocido a otro que me invita a cerveza en su terraza
la terraza es preciosa, y el día es precioso, pero
desde el azul cielo oigo el ruido de un motor
y me parece una pena.

Pero sobre la pena y la injusticia ya no quiero escribir nada.

He conocido a mucha gente que ha querido quemarme las manos
por no leerme
no ver mi futuro tonto
mis tres niños muertos
la línea de una vida torcida
o la casa sin jardín y con piscina
,
y de todos, he odiado menos
a los que me escupieron encima
que a los que las agarraron como si aterrizasen en ellas.

He conocido a muchas chicas que tenían un jardín; algunas, incluso, un avión
y por primera vez no voy a seguir hablando de esto.



Me he prometido que me voy a cuidar sólo
porque una vez se lo prometí a alguien
a quien encendí las velas de mi dieciocho cumpleaños en el suyo,
y ahora
 me
   la
    sopla.

Las promesas que se cuentan no se cumplen: en serio, no las pidáis.

Vuestros deseos son desórdenes para mí, y aun estando enferma
reconocería a cualquier azafata de un espejo.

He conocido a mucha gente, y la mayoría ya no me suena de nada.

Hoy el ser humano me parece esa secuela estúpida
de una peli que se filtró en nuestras mentes y nos hizo
tan de mentira.

No quiero tener razón ni angustia ni remedio
ni otra versión mejorada de mí misma
tampoco justicia, ni consuelo
,
no me quiero morir, sólo quiero quedarme dormida
cien años
,
y al despertar,
contaros que un día hubiese jurado que nunca podría perdonaros

y que era mentira.


sábado, 29 de octubre de 2016

Microcuento.

Había una vez una tía tan buena, que era buenísima en mil cosas
tan buena en explicar la siesta de un martes que entiendes la Teoría de Cuerdas, y durante ese rato olvidas todas las que alguna vez quisiste enrollarte al cuello
una tía eficiente a la hora de hablar; una speaker spiker
un patio de butacas jugando a la comba; una mano invisible de voz que clava las uñas en cada garganta atenta;
un silencio diferente al de un sepulcro.
una chica de ciencias, porque ansías la química
una chica de letras, porque acabas viéndola en la sopa
una experta sismógrafa que, al final de la intervención, te hace cuestionar cuánto mide tu cuerpo en la escala Ritchter
una tía que sabe de dialéctica, farmacognosia, histología, flores silvestres, diplomacia y la lógica que sigues
una politóloga, políglota, polícroma y polífaga de Doritos
una chica práctica, teórica, discípula del contradogma
tan buena, que la técnica en sus manos es decoro, y las usa
y dice y cuenta y construye y limpia y sujeta y ofrece y pide y agarra y acaricia y aplaude el talento en la repisa que no alcanza
un metro sesenta y uno del saber reconocer hasta donde se llega
y hasta donde no
cuarenta y ocho kilos de recursos más útiles para cambiar el mundo que toneladas de dinero sucio en sacos terribles
una chica tan humilde que reconocerías de un abrazo
tan para tanto que no es para tanto
una mujer lista, perspicaz, ingeniosa, cómplice, crítica y moldeable; una fiera, una tiburona, una lucecilla en la playa; alguien que podría haber llegado a cualquier parte


pero estaba obsesionada con que la quisieran.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Pacwoman.

Es cierto, tenías razón
tenía que seguir por mi ruta de letras; tú, la cuadratura de un círculo
la infalible lógica de reducirme a la absurda:
eres falsa
tan falsa como la crema de avellana en el barquillo
no existe, si no quiero, la crema de avellana en el barquillo
,
eres falsa y mi naufragio te aplastará los ojos
aplastará mi rabia
aplastará tus dientes tibios, diluirá la leche
no dilucidaré 
tu madre no te recordará respirando de niña
tus hijos machacados no te recordarán
meriendas de chocolate no purgarán tus manos
la luz te partirá al abandonar tu cuerpo diminuto
tu cuerpo diminuto se romperá
derramará tu verdad negra
eres líquida y se licuarán tus días
removeré mi estómago 
y te volverás soluble
hasta que te disuelva.

Era cierto.

Soy un setenta por ciento agua y un treinta por ciento sed
seguramente esto ya lo ha dicho alguien antes
también portaba algo cuando iba a casa de su abuela
probablemente lobos un poco más adelante en el camino.

Me hubiese gustado contártelo
cuántas veces en cien años repetí esa frase mientras dormía
acercándome como una polilla, de la luz, más a las facturas
alejándome de la que por las noches dejaban por mí encendida.

A oscuras he visto cumplirse lo que decías
partida tras partida
y descubrí
un juego de mesa en ver pasar los mediodías
las carcajadas inconexas, la cocina llena de gente
el bullicio
mi capacidad de moverme como una ficha de colores hacia la casilla de salida
y salir
sin tirar nada
sólo lanzando los besos ya dados
porque esa ha sido mi entereza: seguir llamándolos suerte.

Soy un setenta por ciento agua y este es mi treinta por ciento de suerte:
mi humanidad porque te reías
mi risa porque soy humana
el dios sueco que no escuchó mis plegarias impías
mi memoria deshecha a pesar de clavarle las uñas
para que no se durmiera
,
mi memoria arañada
mi memoria dormida
,

haberte pagado con creces, aunque eso me hiciese pequeña
,
mi suerte, también
mi cero alergia a la Nutella
mi músculo-puño funcionando mejor que tu iPhone frío
querer hacer, siempre, de un grano de arena una montaña de Ferreros Rocher
,
mi dignidad íntegra, porque he hecho, siempre, lo que quería
,
las costillas de L soportando mi respiración maldita, de donde ahora brotan
florecillas que veo al pasar volviendo a casa
tranquila
volviendo a casa, haciendo zetas
a contracorriente, trayéndome por fin de vuelta a esta orilla.

Soy un setenta por ciento agua y un treinta por cierto;
del resto, ya ni idea.

Soy un setenta por ciento agua y un treinta por ciento la parte del Ártico que sobreviviría a la extinción de la raza pero no al invierno de un año tonto.

Fui cien por cien un año tonto

y luego otro

y luego otro

y luego un setenta por ciento.


Soy un setenta por ciento agua, y lloro


soy sólo un setenta por ciento


pero tú ya no eres nada.


sábado, 10 de septiembre de 2016

Apuntes inconexos sobre el defecto, la vergüenza y otros movimientos de cadera.

1). Abuela dice: todos tus óvulos son rubios.

2). ¿Por qué explotan los trenes, mamá?

3). Cinco años de conservatorio dicen: ¿Sabes lo que hace una bailarina durante toda su vida? Mirarse al espejo.

4). Hermana dice: la tristeza es un fallo en un cromosoma sano.

5). La quinta noche que dormí en un hospital, soñé que un búho me miraba fijamente desde mi estantería.

6). No sé más genética que empezar a saber quién no era en el instituto.

7). Soy asíntota y contorsionista por parte de cintura y nariz.

8). Aprobé Física el día que pegué un portazo. Fui la mejor de toda la clase.

9). Por Valeria, espero que el miedo sea un gen recesivo.

10). Odio el frío. ¿Mi estación favorita estará en Marte?

11). Soy de letras.

12). P dice: no forma medio arco tu risa.

13). En mi contra: soy incapaz de decirle a alguien cuánto le quiero.

14). Niña dice: necesito una capa invisible.

---

18). Chica dice: soy capaz de invisibilizar una necesidad.

19). Chico dice: no.

20). ¿Por qué siento la leucemia como un verdugo disfrazado al que di los buenos días y me dijo: lo siento, señorita, todos los vagones van llenos, no puede subirse?

21). Si un punto A y un punto B son dos puntos es que no son el mismo punto.

22). Atocha me asusta. Mi estación favorita es la primavera.

23). A las 7 desperté de repente porque el niño desconocido al que había intentado convencer, cuando me di la vuelta sí se tiró por la ventana. Sólo escuché un crujido, luego la sábana y al final la angustia. Crujido, sábana, angustia. ¿Y si se ha quedado atascado en mi sangre?

24). Los pájaros encerrados, después de un tiempo, desaprenden a volar.

25).  Cuando dicen no es no. Cuando dicen no no es: eres fea, eres tonta, eres insuficiente.

26). Se contradicen más la geometría y las matemáticas que la literatura y los bancos del parque.

27). Mamá dice: eres acrobacia y espectáculo.

28). Querido P: la vida pasa volando, pero mi risa es una flecha.

29) Lo peor del defecto no es que te lo noten, sino que noten cómo te esfuerzas inútil y ridículamente en taparlo.

29). Tengo malísima memoria. Me acuerdo de todo.

30).  Un cromosoma sano falló, mutó y por eso hay personas con los ojos azules.

31). Odio los martes. En mi estación favorita me están esperando mis padres.

32). Buscando entre mis libros, he encontrado una pluma gris.

33)  A mi favor: una vez no lo quise todo.

34).  Soy un pato mareado, pero siempre se aprende algo. No hay personas más infelices que aquellas que pasan toda su vida con un espejo delante.







miércoles, 7 de septiembre de 2016

Lo que no dijo Mecano.

¿Alguna vez os ha pasado: recorrer uno de esos pasillos tremendos de mármol
quince o veinte metros vacíos, con una sola persona a lo lejos, y al cruzaros
ninguno varía la cara, ni inmuta su cuerpo, ni cambia
imperceptiblemente el ritmo,
después de tres veranos
de haber estado
cuatro años
durmiendo
juntos?

jueves, 1 de septiembre de 2016

La canción que hubiese querido dejar bajo un felpudo el día que me fui para siempre.

 (rectificaciones en orden cronológico, desde enero de 20XX).

-  Kids - MGMT
- La tormenta de arena - Dorian
- Turnedo - Iván Ferreiro.
- Como yo te amo - Niños mutantes.
- Aunque tú no lo sepas - Enrique Urquijo.
- Ojalá - Silvio Rodríguez.
- Con las ganas - Zahara.
- Leones - Pereza.
- Impronta - Lory Meyers.
- Yellow - Coldplay.
- Promesas que no valen nada - Los Piratas.
- Sálvate tú - Andrés Suárez.
- Azul y gris - Mürfila.
- Creep - Radiohead.
                                                                   [ d. M]
Saharabbey road - Vetusta Morla.
- Caer de pie - Jero Romero.
- In the end - Linkin Park
- Corrientes circulares en el tiempo - Los Planetas.
- Que te vaya bien - El Niño de la Hipoteca.
- Universos infinitos - Love of Lesbian.
- No tengas miedo - Fabián.
- Todo lo que merezcas - Xoel López.
- Minolta - Pájaro Sunrise.
- La luz - McEnroe
- Échame a mí la culpa - Los Secretos.
- Electricidad - Leiva.

https://open.spotify.com/user/tata_ire/playlist/3pYGlo0dSyDF2bmIMAdOR0

sábado, 20 de agosto de 2016

(18 de agosto de un año que ya era mañana).

La tristeza es un tatuaje
puedes convertirla en otra cosa
pero no desaparece.

Hasta donde yo sé, la amnesia es un hueco.

La tristeza es un tatuaje:
una fecha importante
la huella de tu perro
el nombre de tu ex novio
,
el desprecio de la gente
cuando dice que jamás se tatuaría eso
(pero luego se tatúa cualquier cosa).

Hasta donde yo sé, la amnesia es estar enfermo.

La tristeza es estar enfermo
del bazo
de la pleura
de la hora de la siesta
recorrer todo el pasillo de detergentes
buscando a alguien
,
y sobre todo estar muy sola.

Hasta donde yo sé, recordar es fantasía.

Pero yo quise a la cigarra mucho más que la hormiga
querer es querer
si no ya que sea feliz, al menos que esté a salvo
entonces las hormigas serán muy listas, pero no saben nada.

La gente no sabe nada y cree que sí, pero no en las hadas
y por eso se muere
,
quieren besos pero dormir cien años
zapatos de cristal pero andar descalza
,
salvar al tigre de bengala
pero quemar tres trigales llenos de tristes
y por eso en un pajar sólo encuentran paja.

Querer es una aguja.

La tristeza es un tatuaje.

Pero te queda precioso ese pájaro en las costillas.

martes, 16 de agosto de 2016

Cerúleo.

La intimidad arrancada es un beso en la boca del estómago que, al darlo con los ojos cerrados, al final estampas en el escaparate de un Cash Converter (y sobre todo el a ver a quién le cuentas tú ahora eso sin que te ponga caras de mierda).
La gente te prometerá que no es para tanto; que ellos ya lo han vivido, que acabas olvidando. Pero enferma pensar que cualquiera coge, toca, araña o ve por dentro lo que es tuyo. Algunas personas simplemente te sonríen con esa tristeza cómplice (mis preferidas) y otras --alardeando de ayuda o, incluso, vocación-- con un rifle de plástico empiezan a apuntarte:

Cómo era. Qué pasó. Qué has perdido.

Cómo era. Qué pasó. Qué has perdido.

Cómo era. Qué pasó. Qué has perdido.

...

Era azul y era mío. Azul como Mallorca, azul de mierda, azul obsesión/zafiro, azul ser un desastre. Por si sirve de algo, estaba roto desde hace un tiempo, pero funcionaba. Tenía un planeta dentro. Era mío y era azul. Azul como arañazo, azul de porquería, azul hueco celeste.


Y he perdido un millón de cosas.

Un fin de semana en Tarragona y la voz de Hugo para siempre, ¿te parece poco? He perdido un secreto que nunca contaría a nadie, tres caídas, dos placajes, la única prueba de que existo un martes a las tres de la mañana, un escondrijo, un trofeo, mi primera confesión en la veintena, una tarde con Zahara en Malasaña, una historia sobre luces (que inventé), un Puente de Mayo hacia Terabitha, avisos de levántate, advertencias de para, ajustes de cuentas, una clave de acceso, un número importante, el ángulo que desacredita a Heráclito, el recetario de una abuela y el quid del amor de todos los últimos hijos del siglo xx.

Y estuve un 15 de agosto a las 2 de la tarde siguiendo al sol por carretera. Estuve en el asfalto. Metí la mano hasta lo líquido y lo incierto. Convertí mis ojos en canicas de todos los colores --a ver si así-- y rodé por sendas varias como una bola de esparto western. Miré en cada lado; incluso en la previa, incluso antes de la distancia y el espacio, en todo ánimo y rejilla, desde la primera fractura que se hizo tatuaje hasta la separación definitiva que nos desconvirtió en Pangea. Seguí huellas parecidas. Sudé en Budapest. Renuncié a una cosa en Tailandia. Removí arenas estáticas. Soñé que volvía a verle. Rastreé el recinto, Palenzuela, una playa, tres kilómetros. Palpé en mi propio cuerpo un fantasma miembro fantasma. Desperté convencida de haber llegado. He llegado a conformarme con la tiza. He esperado grandes colas y pistas en lugares hostiles. Cromaticé la electricidad y me he roto las rodillas.

He buscado en todas partes, te lo juro
y no he encontrado en ningún sitio
mi puto móvil.




domingo, 7 de agosto de 2016

Reverso de la lista de invitados a mi entierro.

No queda sólo lo bueno. No me duele nada: ni las venas, ni el desprecio, ni una playa, ni el control de ciertas sustancias sobre mí.
No conozco. No extraño. No olvido un nombre ni una cara ni tampoco los recuerdo.
No me avergüenzo de los errores, ni de acumular los (menos favorecedores) errores (la risa, a veces).
No me enfada haber estado tan triste, ni me entristece haber estado tan enfadada.
No guardo tesoros en un baúl verde de conejo ni rencor. No creo en dios como en el hada madrina. No lloro el trofeo desvalijao, la carta de amor retractada, ni la sonrisa idiota.
No duermo. No despierto. No ardo. No cargo mi conciencia ni el móvil; ni las palas a 200, ni el iPod con eternas cantinelas ni en mi espalda con la culpa.
No engordo. No desaparezco. No me escondo ante la evidencia, el rechazo explícito ni el del cobarde, el proceso de ser una pardilla ni la duda sobre por qué me pasaron algunas cosas buenas. No espero grandes palabras, ni que llegue la primavera, ni que descubras entre mis cosas el cajón de las canicas. No declaro la guerra, sentimientos, rentas ni inocencia. No anhelo. No vomito mariposas ni cadáveres. No hago el esfuerzo, ni de tripas bombo y platillo, ni de corazón bombardeo; ni planes de ataque, ni de futuro, ni de los que vuelan en el cielo de una lengua opresora. No sueño con el Señor Patata, ni con el amor de mi vida, ni con la col de bruselas, ni que me comen arañas. No tengo miedo. No tengo saña. No tengo paciencia. No tengo ganas. No odio. No quiero. No perdono. No dejo de hacerlo.
No busco paz, ni éxito, ni crear escuela ni destruirla; ni proclamar propiedad privada mis decisiones, ni discutir si este pelo es sólo mío, o si mis ojos, o si mi cansancio... Ni sentirme halagada si alguien quiere a otra tal y como soy. No pego portazos, ni hostias, ni buenas respuestas en conversaciones inútiles. No pierdo. No borro. No mascullo. No revoleteo. No entiendo. No me importa.
No soy nadie ni me lo hago; ni la lista, ni la tonta, ni la pobrecita tuya, ni lo que decidió llamarme una de esas influencers con trillón de seguidores y verborrea acuosa.
No contesto. No me callo. No alardeo de herramientas, ni métodos, ni de tú te lo pierdes. No giro la cara ni la vuelvo ni vuelvo.
No veo, no oigo, no toco, no huelo, no sé.
No necesito luz, ni agua, ni hambre.
No me estoy muriendo.

Que la tierra os sea leve a vosotros.

lunes, 18 de julio de 2016

La velocidad del pistacho.

Me gustan mis ojos marrones como
el ron barato
el mar cuando ya es demasiado tarde
o una tarde cuando aún estás a tiempo.

Marrones como
la guerra del Perejil
los desiertos del Sahara claritos
como las intenciones
y todo lo que no es literatura.

Marrones como
zapatos gastados de andar
una orilla, una elección, una caída
y despertar
el sitio donde van las cosas que nos dijeron
y parecían ciertas.

Marrones como
patios andaluces
una carta más vieja que antigua
una sustancia que mezclada con agua cura.

Marrones como
una estampida de gacelas
la tercera cosa de cada cosa de septiembre
las manos sucias de hacer lo que les gusta.

Marrones como
problemas adolescentes
un miedo, un abrazo, una luz
y una canción de los Fitipaldis.


lunes, 11 de julio de 2016

Martes, julio, saturno.

Ahora hay un cristal
donde antes había besos, canciones, tiritas con dibujos.
Un cristal, no una ventana ni un espejo
sólo un pensamiento atropellado al verte pasar por delante
'si echara a correr hacia a ti, chocaría contra un muro invisible'
y sería un golpe aprendiz
al que, debajo de todo, tendría que enseñarle yo
la cicatriz, el picor, la vergüenza
de no haber aprendido nada
nada
ni a ser un boomerang mejor
ni una mosca menos estampada en tu asco.

Ahora hay un cristal
grueso, seco, insalvable
como un cuchillo empuñado por la indiferencia.
Un ángulo muerto, desde el que me puedes ver
(zumbido, alergia o monstruo) y aún así
eliges ni mirar.
Un infierno transparente, porque hubo veranos peores.
Una lágrima opaca, sucia de todo lo que me callo.
Una rabia erosionada por la asfixia, enterrada bajo capas y capas
de piel muerta, carne viva y superhéroes
que las usan y las tiran
cuando ya no las quieren.
Un mar de plástico,
de medusa, alquitrán y cadáveres de rayuela
tan incómodo como todas las cosas que ya nunca podré explicar
porque no tengo voz de niña.

jueves, 16 de junio de 2016

Aunque patria sea una palabra feísima.

Para encontrarse a sí misma, la gente se va al campo a cuidar vacas
yo vuelvo a mi casa a separar hamburguesas para congelarlas.
Mientras me mancho las manos de carne cruda
me acaricio por dentro la piel del monstruo invisible.
El tacto es la música de las fieras.
El olor a Nivea es un estado de ánimo.

Yucatán es una palabra que siempre me hará gracia y
el único lugar, seguramente
donde alguna persona consiga reírse y
eso sí que es algo serio.
Por eso me estoy riendo.

A veces sueño con estar en casa. A veces sueño con estar lejos de casa.
Una vez encontré un desierto en el agua.
A veces no sueño nada.

Eso no es poético: es triste.

Entiendo el feminismo cuando reconozco que lloro mucho
y no siento vergüenza ni necesidad
de ser nadie diferente
y sí siento orgullo cuando lo pierdo
en favor de la ternura.

Y si pudiera ser una barbie, elijo barbitúricos.

Y me pregunto si no es eso aun peor que lo otro.

Y me pregunto si de verdad estoy eligiendo alguna cosa.

Jamás pienso votar al PACMA
no me deis la chapa; tampoco creo en el partidismo
ni en la supremacía de ningún color,
aunque ahora los blancos sean menos
racistas con los perros que con las personas apagadas.

Yo sería anarquista si no hubiese gente mala.
Pero soy mujer: ¿a qué quieres que te deje ganar?

Hasta que no se lo cuento a mi hermana, no sé qué coño he estado pensando.

Siempre tengo 8 años cuando espero con la compra en el portal.

Siempre es la última vez que te juro que no puedo más.

Nunca es la primera vez que me arrepiento.

No llevo aquí ni dos días y ya he criticado a las vacas
me he comido dos hamburguesas
he encontrado sólo mierda debajo de las uñas
sin sangre, sin rabia.
Me he lavado las manos del resto
de cosas, estoy limpia.

Para encontrarme a mí misma yo sólo necesito que no me toquéis
el arpa.
Las mejores vistas siempre estarán donde mire por los demás
sin pensar tanto en mí.
El cierre de puertas del congelador en orden:
ese ruido impecable que consiga amansarme.
El oído es el sentido del equilibrio.
El verano huele a Nivea.
La toponimia es nimia.

Siempre estoy en Yucatán cuando me río
tranquila.



lunes, 6 de junio de 2016

El making off de la poesía.

Me costó lo mismo que una sesión de psicoterapia.

Allí, en el norte, donde los pájaros tienen nombres preciosos
me abrazó en seguida, porque no entendía de protocolos
le abracé en seguida, porque conozco bien el protocolo.

Durante aquellos días recorrimos callejuelas estrechas
las reconocí más tarde, de otras noches raras
miré hacia arriba
probé el arroz con chocolate
más hacia arriba
toqué un mar opuesto
entré en un portal de losa
subí a un ascensor de tierra
al tercer giro de llave, nos vi reflejados en un espejo.

Ni rastro había de lo que a los 17
quizá seguí un camino de baldosas rotas
creyendo que el amarillo era
el destino en vez de la fuerza
la luz en vez de la enfermedad
un futuro perfecto en vez de mi memoria vomitando
el querer dejar atrás en vez de mi incapacidad de mirar hacia delante
el querer en vez de mi incapacidad
las miguitas de los cuentos en vez de las migajas de basura infecta
un buen gesto en vez de decorosa mímica,
y me observé tan quieta
allí
al final de todo,
devolviendo un abrazo porque no era mío.

60 pavos por entrar al backstage, todo incluido,
ver detrás del escenario, comprobar los hilos invisibles de mis ídolos,
reconocer los míos propios
recordar a Lara Liza recitando 'En Zaragoza hay un desierto'
y saber entonces que siempre fue mentira.

60 pavos por descubrir
la dislexia que padecen los deseos
al confundir seguridad con chupitazo
locura transitoria con intrasitable
el ángulo del cristal que es una playa con los ojos vidriosos mirando a un punto
muerto.

60 pavos por entender
que los trenes de vapor sólo son suspiros en el cercanías
despedidas que te toca soñar (para tocarlas, de alguna manera);
que es más difícil pronunciar adiós que anonadado
que lo que no mata ata, porque la vida es un eco
desde que olvidé tu voz.

60 pavos por viajar a Laponia y pensar muy calladita
¿esto es una aurora boreal o el cañón roto de la clase de tercero?
y soltar una risilla
porque eso no lo escriben en los libros.

60 pavos por cuántos créditos, me pregunto ahora
quizá por media asignatura de Teoría
de la Información que pagaron mis padres, seguramente,
tan ajenos, claro
tan sustentantes.

60 pavos por ninguna sesión
ni depilación láser
en mi posición mental suprema
porque yo no era como esas
chicas tontas que hubiesen pagado el precio
por axila y media pierna
tan pueril, tan hipócrita, tan estúpida,
invirtiéndolos igualmente en mi mala pata.

60 pavos, casi diez mil pesetas
por tres cervezas que no eludieron el después
por esta barriguita vacía que tampoco aminoró
el peso de la culpa;
treinta por ir al norte, treinta por volver al centro
a la piel rota de mis brazos firmes y dar las gracias
--por una vez, quién lo diría--
al regresar, a horas intempestivas,
con ganas de encerrarme en el baño, pero no llorar
no entonces,
no ese día
cuando me reí mucho,
mucho, tal vez, algún tiempo después,
cuando llegué a casa y me encontré conmigo en la cocina
engullendo, apoyada, mirando al frente
y sonreí
porque, al fin y al cabo, yo me lo había imaginado de otra forma.

Ni rastro de los pájaros preciosos. Quizá los confundí con sus nombres.

lunes, 23 de mayo de 2016

L se ríe y

La mononucleosis se cura con un beso. En un anuncio de Neutrex, una señora con mandil de lunares le trae el detergente del pasado a una chica de veintiséis y le pregunta: ¿seguimos lavando nosotras calzoncillos? Y ésta rompe a reír y la lavadora vomita la ropa y el sol entra en la cocina otra vez.

El último abrazo que di se convierte en el primero; cuando me despido para siempre sólo estoy volviendo a empezar. Las torres gemelas se levantan; vuelan personas hacia un rascacielos. La gente va a desechar gasolina. Vacían los tanques. Un kamikaze es quien se recompone pulsando un botón. Una guerra es una lucha activa que va mejorando el mundo. Emerge un parque en Siria.

Amy acepta ir a rehabilitación. A Lennon lo revive un fan. Mario Casas se desinfla. Se disuelven en esperma Los Gemeliers.
Un yogur caducado se convierte en un vaso de leche en la casa de mis padres en 1999. 1999 se convierte en 1998, y de pequeña llegaré a ser astronauta de la NASA, campeona de la CIA, emperatriz del universo o cualquier cosa porque el género no me dolerá.

Un 26 de diciembre una ola gigante reconstruye Tailandia. El 1 de noviembre llevamos flores a los vivos. Halloween es una fiesta en la que los niños van por las casas ofreciendo caramelos. En Carnaval asistimos al bautizo de una sardina y nadie llora (ni siquiera de verdad).

Ganamos un mundial, pasamos a cuartos, a octavos, mil tardes de fútbol, la pelota por debajo del larguero, las rodillas por el suelo, se retracta la sangre y una herida desaparece sin cicatrizar. La sirena de la ambulancia me recuerda que la gente resucita. Si salto hacia atrás puedo subir a un muro enorme. Si te cuento que Fulanito es camello, evocarás a un Kafka más molón. Si te digo "vente, estoy sola en casa", acabaremos viendo una peli en el sofá.

La cena es la comida más importante del día. Con una sola pizza puedes quemar hasta mil calorías (¡pruébalo ya!). Tonto es el que no hace tonterías. Un cuñado es un tío que sabe reconocer que no tiene ni idea de nada. La mayoría de la gente me cae bien.

Zaratustra se traga sus palabras. Una mujer se quita el velo para siempre. Un marido entra en casa y le dice a su familia: vengo de dejar de fumar. El chico que me gusta me pide que regrese de la mierda. Una joven promesa del ballet se lesiona y puede volver a bailar.
Suena la alarma y me vuelvo a dormir. Me duermo gritando. Alguien me abraza antes de despertar.

Cada vez usamos menos el móvil, la educación se vuelve menos elitista y, la sanidad, más universal.
Dentro de poco escucharemos por primera vez a Los Planetas, se nos irá puliendo el vientre, el ordenador echará culo, cuando alguien hable de la "zona azul" soñaremos con el Caribe y en la calle aparcaremos sin pagar.
Pronto, Amstrong arrancará cualquier bandera de la luna, una inconmensurable humareda construirá en Japón una ciudad; tres días después, otra. Einstein levantará las bases para la extinción de la bomba atómica, cualquier lectura de Nietzsche imposibilitará el nazismo y, al final de todo, cuando Marx se atreva a teorizar sobre socialismo, escribirá: "no os habéis enterado de nada, hijos de puta" y poco menos de dos mil años después, Jesucristo le dará la razón.
Como yo a vosotros hoy.
Y empiezo a olvidar.



domingo, 15 de mayo de 2016

Réplica.

Pensaba en el amor como un ruido raro que te ayuda a dormir
y los demás no soportan
una risa secuencia a mandíbula batiente sin que haya un después
ni un casi, ni un cuándo, ni un tétrico
futuro que aceche por la espalda.

Pensaba en el amor como un techo que te aplasta la cabeza
y te deja a gusto
no un espacio inmenso en el que flotas en el aire
intentando inútilmente pertenecer a un cielo que ni tocas.

También pensaba en el amor como un niño que creció,
ahora en mis brazos,
el tacto íntimo de la raza
la colocación justa en el punto exacto
bajo su respiración como una cría que lacta.

Pensaba en el amor como esa fábula que me tragué a los quince
disfrazada, como el escorpión sobre la rana
que no te mata con intención alguna, simplemente
porque ésa es su naturaleza.

Pensaba en el amor como un verbo
irregular
de conjugación cuatro en la escala Ritcher
nosotros, nosotros, nosotros
la secuela: ellos
la última persona del plural: yo.

Yo
acojonada, ahora, ya ves, tan
tarde
por si todo en lo que creía era mentira
ese mito romántico del que supuran larvas
nosotros, nosotros, nosotros
sólo la basura, la cultura general, el óxido
un ruido metálico
y digo: no, imposible.
No, imposible.
Pero y si...
pero y si,
porque yo sólo recuerdo
una luz de una tarde
Una luz, una tarde.
Y yo no sé si X recuerda.
O si es la misma luz, la misma tarde.
o me lo inventé, cuando creí coincidirnos
o estaba sola, cuando volví a casa
con piedras de colores que pesaban florecillas
sin esconder las manos sucias
limpias
de vergüenza, de disculpa, de terror
de lo que ya a los veinte no se quita
ni nadie te devuelve.

En qué momento
en qué injusto momento tuve que aprender textiles,
la raíz cuadrada de P,
a integrar,
preguntas hipotalámicas
con quince vómitos en tres años
los ecos de una carcajada que ahora
me da miedo.

Ahora pienso que el amor no es nada de eso.
Nada que los demás puedan contarte
con los dedos de una mano
que soltaron otros
(ya huérfanos de sensaciones diáfanas)
o con unos que nunca han agarrado
otros en la puta vida.
Y los cánticos
a la belleza o la libertad
al sonambulismo o la inquietud
sonarán igual de ridículos, te lo prometo.
Que no hay teorías, ni conceptos, ni poemas
ni todo lo contrario:
mascullaciones,
pleitos, confabulación.
Y aunque uses protección, te nacen
monstruos.
Y aunque arranques con uñas las entrañas, te quedan
huellas.

Pienso en el amor y pienso en chicas
tan guapas, tan risueñas
que escriben cosas tan translúcidas
que se cortan sin navajas las pesquisas
que perdonan al Peter desde la ventana, y
dejan de ver sombras
no se dejan tocar la campanilla
no se revuelcan en el asco, ni se faltan
el respeto.
Pero yo no soy de esas
y reconozco, con más cielo que mala guisa,
que me tragué el cuento, el mito, la toxina y fallé
seguramente,
que no fue un error de cálculo,
sino mío.

Porque ahora pienso en el amor y siento
angustia
porque sé que es el desvío de caminos tan ingratos
como la inseguridad o la desconfianza
el pánico o el rencor
el no o el casi
y aún así yo eché raíces
donde me dejaron plantada.

Y es duro reconocer
que nunca viví en El Líbano,
que el lenguaje muerto que hablaba con mi novio
el de Valladolid
ahora cría grisáceas en Calpena.

Ahora pienso en las relaciones como
encontrar verdad en tierra seca
verbenas que no hablan en pasado
el olor ajeno como segunda piel
y no laceración.

Pienso en las relaciones
como dos que no se quieren mucho o se quieren menos
sino que quieren lo mismo
o se quieren tanto hasta reinventar
que nunca es demasiado.

No pienso en el amor.

Sólo pienso en abrir los párpados
masticar
el color rojo
un camino sin trampa ni cartabón
ni reglas
una sensación que muere y se queda tatuada
aprender
todos los días, que no perdonas
mil martes, cien defectos, un engaño
porque nunca tuviste que hacerlo
,
y
,
cuando se acaba, o permuta, o distorsiona
seguir pensando, en realidad
que de haber podido dejar un último mensaje
en el contestador
seguiría escondiéndolo en el fondo
de una botella,
me quedaría callada,
me quedaría un rato más
a la derecha del hijo de puta
a la izquierda de un igual
al frente de un espejo roto
atrás de un ejército de rubias,
que me hubiese quedado un rato más
a la espera
a la espera
al otro lado
a la espera
a una distancia prudencial del éxito
a la espera.

Porque es verdad: nunca querré que seas feliz sin mí
pero eso me deja más tranquila.

Y tras la guerra, la pólvora, el cansancio
mis costillas:
un germen
un brote verde
una esperanza
una cura, un santuario, un empujón;
los viernes: una fuerza embrionaria
a la que todavía no le he puesto nombre
pero ya me llama por el mío
y torpemente me jura
que querer es querer para siempre
pero torpemente también susurra
que el amor siempre fue
otra cosa.


martes, 26 de abril de 2016

Volver.

Nunca vuelvo a la panadería que había enfrente del colegio, ni oír la risa de Martina, ni a llevarme el premio sin pensar en algo que perdí. Nunca vuelvo a la misma playa de distintas manos, ni a darle de comer a las palomas, ni a guardar la palabra Washingtonia como quien no sabe que en realidad es un tesoro.

Nunca vuelvo a ver Los Rugrats en La 2 antes de las 9, ni a escuchar a mi madre cantar Las Mañanitas del Rey David antes de las 8, ni a tener la firme convicción de que, si estaba lista para el cole antes de tiempo y sola, ella no podría estar más orgullosa de mí.

Nunca vuelvo a casa en septiembre, ni a abril de dosmilonce, ni a decir ¡ya es primavera! los diecinueves de marzo. 
Nunca vuelvo a peinar a mi abuelo con colonia, ni a inventar la panacea mezclando mil mejunjes en el baño. 

Nunca vuelvo a gritar con voz de niña que por favor, ni a curarme sólo con grandes dosis de inocencia, ni a pedir tres deseos antes de dormir.

Nunca vuelvo a creer que de un choque entre dos coches saltan chispas de colores, ni en las luces de la feria, ni en la prueba del algodón de azúcar, ni en el milagro del perdón, ni en la magia si no hay truco, ni en eso a lo que llamáis Dios.

Nunca vuelvo a trepar por el tobogán, ni por la ventana de Jaimito, ni a firmar un tratado de paz en código morse.
Nunca vuelvo a dar la vara si no es con el fin de usarla para medirme, ni a correr hacia la orilla, ni a descubrir cada sábado un continente nuevo en mi planeta, ni a llegar andando andando andando hasta Beirut.
Nunca vuelvo a jugar a Embrujadas, ni a tener superpoderes, ni al parque en el que me hice mayor. Nunca vuelvo a la hora del recreo, ni a comerme un sándwich aplastado como si con él pudiese paliar el hambre en Etiopía. 
Nunca vuelvo a tocar el Zafira en clave salve, ni a ver morir en mi cama un viernes, ni a no dudar de nada cuando las tardes son naranjas, ni a saber perfectamente qué estoy haciendo aquí.
Nunca vuelvo a enamorarme en un abrazo ni a llamar abrazo a nada de lo que vino después.

Nunca vuelvo a respirar habichuelas, ni a llorar la niñez sin amargura, ni a cantar bingo sin cartón de vino, ni a ser cascarilla, ni pequeña, ni a esconderme con total eficacia detrás de mi hermana mayor.
Nunca vuelvo a salir de clase a las ocho de la tarde y ver a mi padre en la puerta, ni a pedirle que por favor llegue con tiempo, ni a saber con más egoísmo que sobrecogimiento que siempre ha estado esperando ahí.
Nunca vuelvo a querer ser una princesa, ni a que eso no signifique nada, ni a posar con Bambi en una foto, ni a endosarme el disfraz de Blancanieves por septuagésima vez. Nunca vuelvo a la sien casi transparente, ni a bajar la escalera de caracol como si no supiera en quién me convertiría, ni a escuchar  A Cualquier Otra Parte por primera vez, ni a tararear divertida una canción que hable de ti.
Nunca vuelvo a decir palabrotas que no entiendo, ni a leer a oscuras ediciones vodeviles, ni a tener un problema basado en chucherías, ni a antes de haberme mirado de verdad a los ojos.

Nunca vuelvo a sentir lo mismo dos veces, ni a ningún lugar del que me fui.

Nunca vuelvo, no.

Pero sí a estar triste.

viernes, 15 de abril de 2016

Aquí va a atardecer toda, toda la vida.

El día que se fueron S y P para siempre
te conocí en una azotea a orillas de la playa
brindamos con copas buenas y vino malo
mientras se hacía poco a poco de noche.
Nos engulló la oscuridad
la rabia
el miedo
la pena.
Planeamos sembrar
el pánico
el odio
semillas de galletas
alimentar la sed
color sangre venganza
implantar
las bases
nuestra belleza por decreto
recolectar
de nuestro conflicto interno, uno armado
de valor
de seguir
adelante.
Prometimos vengarnos
de todo aquello que nos consumía
como llamas del infierno
como llamas y no te contestan
como la propia voz rebotando en las costillas
relamidas con el hambre apremiante del 'no me gusto'
ese eco que se propaga entre la carne y el abismo
amplificando y detonando por dentro
el protocolo de inseguridad.
Pero avanzamos,
a hurtadillas por el mundo
cavando trincheras en el tiempo
trazamos los caminos a seguir
para escrutar los del señor
y destruirlos, pero
no sé cómo
al final
acabamos haciendo eses
y corazoncitos en los puntos de las íes.

Me escuchaste
llorar
tremendos
días de verano.

Te escuché
reír
a la cara
de los hijos de puta.

Fuiste el big bang
el origen de todas las cosas
pusiste colorinchis en las estrellas
incluso después de morder Plutón en el 87.
Perdiste la dignidad en algún punto del espacio- tiempo
y resurgiste de tus cenizas
como ese polvo intergaláctico que recuerda
que una vez brilló
y, sin embargo, brillas.
Perdiste el miedo a perder
ganaste
diez euros en la tómbola
un pasaje en El Tren de la Bruja
ofertas del Telepizza
y mis vísceras para siempre
Porque eres tú
un coro góspel en el infierno
un devoto descubriendo qué es realmente Dios
una pistola de agua
un cañón de tomo y lomo
una guerra de almohadas
un ataque de risa.
Y aunque te empeñes en poner bombas
en las iglesias de barrio
nunca podrás huir del bien
cuando te miro a los ojos
a tus ojos
universo
que se expande
en dirección a la alegría
desde mis ojos
tristeza
que se encoge
en cualquier dirección
si voy contigo al lado.
Estaré siempre contigo
aunque te vayas a Chipre
o a las antípodas de dosmiltrece
pero por si acaso, algún día no recuerdas
no ves
o no sabes
yo no voy a olvidar
nunca las canciones de Zahara
ni la gracia que me hizo estallar Mercurio
una tarde de jueves cualquiera.
No voy a olvidar a todos aquellos que reconvertimos
a la religión que cree en siete vidas eternas
y le reza a un ser que vive en el espejo
o a otro que te da la mano cuando no eres capaz de mirar hacia uno.
No voy a olvidar
todo lo que conseguimos juntas
lo que construimos
el lenguaje
las fechorías
las montañas, los ríos de sangre, los mares
la contaminación
lumínica y acústica
cuando por fin nos reencontramos
ni entender
que Marte era un cabronazo
que Venus lee la superpop
que Júpiter no está tan lejos
y que, después de todo, tú eres mi tierra.
Y si la paz fuese un lugar
al mirar al frente seguiría viendo gatos en los tejados
y a ti al lado encendiendo todas esas luces
porque eres infinita y tienes
la inocencia y la perspicacia de las crías
que, de ponerse de puntillas, crecieron
a sabiendas de que la luna menguante
es aquella que engaña a los tontos
y este lugar
este lugar que ahora es
una playa azul en el que la tristeza
es un bacalao color salmón
(y nos hace risa)
una merienda que engulle
esos gritos de mierda que nos damos
cuando nadie nos escucha,
en este terrao que nació en Siberia
y en el que, de repente, ya es quince de abril...
Y aquel día que S y P se fueron para siempre
quizá brindé porque entonces también lo supe
que todo lo que vino después
lo que sobrevivió al agujero negro
las prisas,
la caza de las perseidas,
las lágrimas de San Lorenzo
ver cómo atardecía
no se trataba en el fondo de ellos
y siempre fuiste tú.


https://www.youtube.com/watch?v=pE_tHj2LzmM

domingo, 13 de marzo de 2016

El defecto mariposa.

He puesto en fila india todas las veces que me equivoqué
para aplicarles un durísimo castigo que comprenda:
la lapidación pública
la cadena perpetua
la muerte de pena
o que no comprenda nadie jamás
que mis errores son míos
pero los comete otra
que las cosas buenas que he hecho
son de cartulina y 2010
y no sirven para nada
(venga, dilo).

He dicho adiós a todos mis desaciertos
como quien saluda a un viejo amigo
como quien sabe que volver no es tanto una elección
como el cierre del círculo
y que el mundo es redondo
y que la historia es cíclica
y que un abrazo es un rodeo
para llegar más tarde a no volver a verse.

Todas mis canciones de despedida se acaban
titulando lo siento
incluso cuando me voy porque ya no me quieren.

Cómo explicar que la culpa me ayuda a dormir por las noches.

Supongo que asumir un error siempre tuvo más que ver
con entender y aceptar el desprecio ajeno
que con reconocer y abrazar
un punto de partida
y arreglarse.

jueves, 3 de marzo de 2016

Testamento.

Me gustaría invertir la parte sana de mi cerebro en la industria de la plastilina infantil. Mi aritmética cintura se usará para enseñar matemáticas a chicos que no atienden en clase porque prefieren dibujar. Mi voz estará destinada a desaparecer.
Quiero que guardéis mi boca en el baúl de los tesoros del niño que fue Raúl. Que dosifiquéis mi risa en cápsulas para que mi madre nunca vuelva a tener ganas de llorar. Mi moflete izquierdo paliará el hambre en la África profunda y el derecho en la Asia Occidental. Puede que mi estúpido pelo no dé para bufanda, pero forra con él tus orejeras, Lucía: te prometo que jamás volverás a pasar ruido.
Dejo mis manos a nombre del aplauso eterno que seguiría siendo insuficiente, papá.
Al contenedor de plástico, mi ego; mi amor propio, al de cristal. Podéis alquilar mi tóxica imaginación o subarrendarla bajo contratación previa, con la única condición innegociable de que sólo sea utilizada en maleficio propio.
He dejado bajo la cama todas las páginas que me obligásteis a pasar, las cartas que fingí nunca escribir, los papeles que recuperé y un boceto en el que he maldiseñado mi clavícula como un perchero con florecillas para que colguéis mi primera chaqueta de cuero y se la deis a quien me abrazó el doce de abril de dos mil once a las siete cincuenta y tres.
Sintetizad y reproducid mi último llanto y erradicad para siempre los síntomas de la atopía. Arrojad mi piel a los gusanos a los que les guste la carne más bien cruda. Usad mis uñas para la lucha contra el tráfico de marfil.
Regalo mis primeros 18 años a cualquier persona que de verdad se quiera morir. Limpiad mis recuerdos y hacedlos polvo o Peta Zetas, y donad mi memoria a la investigación de la cura para el Alzheimer.
Lo que sobre se incinerará y será íntegramente destinado al mantenimiento de la playa de mi barrio. Y mis ojos para M, por si acaba rompiendo todos los espejos o alguna vez olvida lo que yo aprendí sobre la suerte.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Cartas para India.

La memoria es un sitio en el que no para de llover
encima de ti, como en una de esas películas, pero sin fe
dejándote más calada que viva
incesantemente calada
tras calada
al mismo cigarrillo que hubieses pisado de niña.

La memoria es un artefacto que promete
decirte quién eres pero no conocerte
funciona pero se atasca
como aquel vinilo del abuelo
o el primer beso
o el tobogán naranja del parque de San Blas.

Tal vez pasen algunos años hasta que puedas entender
que el paraíso al que llamarás hogar sólo era un tiempo primigenio
mucho anterior a los rascacielos y a las ciudades y a los columpios
en los que se mecían tus sueños cada vez más altos
más altos
más altos y la herida en la barbilla será
la marca que hiciste en la madera para comprobarte crecer.

Tal vez no te puedas creer que haya pasado tanto cuando entiendas
que el infierno es llamar a casa y que no te lo coja nadie
que no exista la voz de papá, y no otra cosa
que aquella niña a la que impulsabas en el balancín
podría caer tan bajo
tan bajo
tan bajo y la sangre en el asfalto será
la huella que dejaron otros.

Te harás mayor a golpe
del cálculo aproximado
estrechando el margen
entre calma y agorafobia
agorafobia de la pequeñez
de la niña interior
a la que hiciste daño
a la que estiraste tanto que cedió
a la que te atreviste a mirar desde arriba del hombro
sin tener ni idea de la que se te vendría encima
después
cuando la memoria se te apareció como un fantasma
de ojos rojos, un monstruo
terrible que hace fotos
con una cámara de gas
con el único objetivo
de joderte la vida,

pero,

si eres valiente
y haces zoom
en la navidad del dosmilveinte
comprenderás que el rencor se deshace
a la velocidad del cometa que perdiste a los ocho
mientras que el amor sigue siendo esa playa en la que mamá apareció
al día siguiente con una nueva
y entonces, cuando te perdones,
cuando sepas que todo tiene un lugar y su justicia
verás que la memoria era ese sitio en el que solía nevar
pero en el que Polaroid significaba
abrigo
recuerdo
de que aunque pasaran años
acabarías devolviéndote el mes de abril.

Y lustros después
cuando la famélica nostalgia
acuda por las noches
y la serendipia que vengue a la inocencia perdida
te arrope con la capa del disfraz que heredarás
de mi armario impregnado
de florecillas rosas
sonreirás calentito
a sabiendas
a pesar
porque, mi vida, esto debía ser así
y de haber viajado al pasado no habrías podido
evitar
los rasguños, los insultos, la torpeza
ni la muerte de tu madre ni los cuentos que no te contó
para que fueras feliz
para que pudieras descubrir tú misma
que la magia del seis de enero era otra
distinta
que tú no eras otra
distinta
y que la máquina del tiempo sería
propia de un genocidio
pero que la memoria
también
la paz.

lunes, 22 de febrero de 2016

Cosas que me recuerdan a ti.

(1 de noviembre de 2015).

Cuando alguien habla mal de mi acento
la primera palabra del diccionario
zozobra
vocativo
la mitología griega
la literatura universal
los debates de los viernes
el tumulto ajeno
una persona quedando dormida
encima de otra muy quieta
muy quieta
muy quiet

El dolor en el estómago
el neón color feria
que parezca mentira
los cinco minutos después de perder
el casco antiguo de mi zona de confort
la moraleja de las fiestas
las 3 de la mañana
las 4, con mala suerte
la gente que se gusta
necesito ducharme
que los demás no me quieran
la decepción
'¿qué le pasa a Irene?'
no recordaré nada al día siguiente
esa sensación
el patito feo
la oveja negra
Peter Pan
Pandora
orina infecta
entre dos coches
la sangre
tirar del hilo
un vestido de mi hermana
cualquier humo que no sea de tabaco
un detergente que robé en la sudadera de otro
yo en la cocina de madrugada 
la ropa del Bershka
morder la herida y disfrutarlo
los campos de Níjar
minas
girasoles
desiertos
y aquella mañana
una playa completamente vacía
una chaqueta blanca manchada de colacao
meciéndose en el viento
el olor a mar
---suspiro---

Jaén
tener la nariz colorá
el olor a castaña asada
diciembre en general
abril ya no
el ángulo que no ven
y me da rabia
barrio y purpurina
que se me quede grande
un pantalón
corretear
que nadie venga a pillarme
mirar hacia atrás
la primera lágrima de todos los llantos
un cerro
un conejo
una cancioncilla estúpida
y mil más
la Sucesión de Fibonacci
lo que uno no elige
prometer no dormirme
ver cómo me duermo
a pesar de todo
la microeconomía
el diez
el etanol
dicho de otra forma
palabras que inventamos
un garaje de ensueño
pero sólo porque lo olvido
los bancos que regalaban cosas
los bancos en los que me dejé
casas
libros
historias
la voz de Zahara
lo que se me escapa pero intuyo
el sol creciente en el autobús
los mediodías de Albal
la marca registrada
tatuaje
una putada
un casus belli
el suelo de los baños
frío
los ojos cansados
los ojos bonitos
los ojos jamás
y rasgados
en mi cabeza
al escribir esto
un programa malo que ya no existe
una serie de veinte minutos
un chiste que me invento
porque soy feliz
(también eso
no te creas)
el abrazo de después
de que me salgan mal las cosas
la culpa
la culpa
sentir el tacto de un azulejo roto
la culpa
Peñíscola, cuando vayamos
paso a paso el big bang
la sonrisa de Leonardo
DiCaprio
un descampado que da a una ventana
un sitio en el que nacen
tulipanes feligreses
corona en el vientre
reír absurdamente por la calle
sola
apretando
rojo invierno
en cada estación
y todas las vueltas que da la vida.





lunes, 8 de febrero de 2016

Si no quieren escucharte, el remitente siempre queda demasiado largo. He escrito esto en una onza de papel higiénico.

He conocido a alguien a quien quiero por fin decirle: no es por ti, es por mí.
Y eso debería parecerme una mierda.
Sigo siendo la zorra que fui: una zorra que no sabe ni irse ni perdonar; una zorra humana. Una zorra que va a volver a sufrir como una hija de puta. Una zorra más herida que zorra. Una niña.
Sigo siendo alguien que piensa que enamorarse dos veces es absurdo y repugnante, pero que hiciera lo que hiciera siempre se verá a sí misma absurdamente repugnante. Así lo hice en todas las decisiones y en todas mis fotos hacia el perfecto ángulo azul. Y ahora, que son las cinco de la mañana de un adulto lunes, sé bien que el hoy ya no existe (y que el ayer es sólo una piscina de plástico como lo son las lunas que están cerca).

He conocido a alguien y estoy muerta de miedo. Te lo cuento a ti porque tú sabías a qué profundidad del sueño el marrón ascendente se convertía en bacteria.
Porque supongo que eres tú lo más parecido a la certeza que tuve un día de estar viva. He conocido a alguien que me hace pensar que puedo regresar de la muerte, cruzar el universo andando e incluso, a veces, que, de no conseguirlo, no pasaría absolutamente nada (y aún así mis manos volverían a comprar lotería y mi risa sonaría de nuevo con el tonito de la buena suerte).

He conocido a la zorra. Tengo miedo de abandonar a la zorra. De encontrarme un día con una nueva versión que me infunde cariño para aniquilar a la zorra; perdonar a la zorra. Quiero salvar a la zorra, pero no quiero ser una zorra para salvar a la zorra.

He conocido a alguien y a lo mejor esta es mi última oportunidad. A lo mejor esta es mi última oportunidad de hacerme mujer, de curarme los golpes, de sonarme los mocos, de ser mortal y de plastilina. La última de perdonarme, e irme.

He conocido a alguien a quien quiero y por fin puedo olvidar que no es por mí: que es por otra.
Y eso debería parecerme suficiente.
Sigo siendo la zorra que fui: una niña.
He conocido a alguien.
Ya no sé quién eres.

martes, 26 de enero de 2016

T.O.C.

He estado dedicando 45 horas diarias al cursillo de creatividad que me pagaste y aún no he tenido ni una buena idea.
He pedido las cosas por favor, y las he obtenido con gracia. Y silencio.
He lavado los platos de mis hermanos el día que les invité a comer mis primeras lentejas asquerosas que hice tal y como pusiste en el poemario.
Estuve ahí, te lo prometo. Esperé cuando buscaba ser esperada, perdoné cuando quise ser perdonada y pedí perdón cuando necesité una disculpa.
Hice las cosas tan bien que, cuando no las hice, intenté solucionarlas. Tan tan bien que, cuando no las solucioné, una herida se me tatuó en el cuerpo.
Coloqué pequeñas sorpresas debajo de la almohada a los 32. Y muchos más fueron los dientes de leche que di a mi ratoncillo Pérez, quien jamás supo que aquello era un regalo.
Me regalé y quisieron el tique de vuelta. Devolví, flojito y sin salirme del váter. Nunca me dejo la taza subida. Ni bajo la copa cuando no quiero brindar.
Escuché miles de tonterías, la locura de las niñas bien, sonreí ante el orgullo de algo que me pareció perfumado y abominable.
No puse el voto ni los ojos en blanco cuando vi que autodeterminación era una mala palabra. Nunca quise independizarme y supe, discreta, mi legítimo derecho a hacerlo.
Me repito, con premura y diligencia, la lección del Carpe Díem y mido exhaustivamente mis palabras a reglazos. Estudio muchísimo y todavía no he aprendido a decir no.
He asentido con la cabeza alta, gacha, de lado, llena de pájaros en jaulas de metralla. He asentido y asiento aún cuando estoy sintiéndolo mucho. He soportado casi cualquier cosa. Y me he largado cuando no me soportaban ya.
He sido transgresora pero femenina; inteligente pero cómoda; rebelde pero comedida; persona pero mujer. He confeccionado mi profunda abnegación con la constancia de Penélope. No bordo bien mi papel porque la celulosa se rompe.
Me arreglo todos los días.
Corrijo mis curvas con recatada lencería y mi piel esquizofrénica. Apuesto por el negro y sigo perdiendo la mayoría de las veces.
Sigo perdiéndome, la mayoría de las veces, por el buen camino en el que la felicidad son miguitas de pan que educamente siempre ofrezco a los demás primero.
Sé que no llegaré a nada en la vida y aún así todavía no me he dado la vuelta.
Y aún así todavía vuelvo, puntual y doméstica, a la desarticulación del desorden y a la cama limpita, cada domingo, quince minutos después de llorar.

Entonces por qué.
Si deshice el daño, si consigo todo lo que quieren, si esquivo a los fantasmas del pasado, si no asusto con preguntas al futuro. Por qué.
Si reduzco al infinito el chocolate, si pulverizo lima en el ambiente, si tomo bífudus activo. Por qué.
Si cumplo las reglas, si otorgo el beneficio de la duda, si me encomiendo a San Judas Tadeo, si abro la ventana cada día. Por qué.
Si puedo querer con cada poro de mi alma a alguien que se marchará y no será mentira, si defiendo el amor aunque vaya en mi contra, si no confundo deformación con olvido, si olvido, si olvido, si olvido...
Por qué estoy tan triste, mamá, si yo he hecho todo lo que me dijiste.

lunes, 18 de enero de 2016

La Verónica.

La Verónica sólo creía en la etimología de las cosas. Era atravesada y de pensamiento transversal, y me abrumaba a veces la intensidad de su existencia. No era como las otras, y ella ni se coscaba de eso. Tampoco era una de esas niñas diferentes, locas, salvajes, adictas a la lidocaina, que se venden (y compran) como un libro y recitan complejas composiciones que bien podrías confundir con el extracto del champú. De hecho, La Verónica era más niña que poeta y, aunque pasaba horas ensayando estática cómo ser otra persona, nunca le duraban los labios más de 10 minutos bien pintados. Jamás sabré si se besaba a sí misma o era el monstruo del que estaba enferma el que se la iba comiendo por dentro.


En realidad nunca me despedí de La Verónica, y eso que compartimos todos los años antes de que hubiera noviembre. Incluso aún, tanto tiempo después, sería pretencioso y una mentira imperdonable contar nuestra historia, que estaba hecha de lo que siempre uno se imagina el universo, y que ahora sé bien que sólo cabría en un relato de Faulkner.


Seguramente, La Verónica pululará por el mundo creyendo que yo la odio. Que saqué de mis visiones su mirar por mi ventana, la luz que entraba en mi cuarto aquellos mediodías; que lo que retuve de ella fue su torpeza -que no era poca-, su sed de venganza, la malicia de sus ojos insanos.Y pensará que, el día que decidí no volver a verla, arranqué de mis diarios cada página que no fuera la de la noche en que empeñé mi juventud porque ella sobreviviera.


Lo que probablemente no sepa la Verónica es que yo la querré para siempre. Que olvidé la ventana, la luz, las visiones y hasta los días; que lo que retuve de ella fue su alegría -que lo era todo-, cómo encontraba el perdón casi sin darse cuenta, la inocencia de su mirada triste. Y no pensará que aún hay noches en las que me despierto gritando Verónica por culpa de aquella en la que la vi abandonando su cuerpo y luché durante 5 años seguidos hasta que por fin levantó la cabeza y pudo devolverme la vida.


Si no quise saber de La Verónica después de todo fue porque entonces hubiera sido imposible. Cuántos años la maldije, me dejé engullir por el verdoso engendro que me amenazaba, la coloqué en el centro de la nebulosa en la que me convertí, la deformé y la reduje a los rituales satánicos que se producen en contra de la propia voluntad... Cuántos ratos me miré al espejo y pensé su nombre más de tres veces seguidas y vislumbré su espíritu empuñando el arma con la que hubiera venido a mirarme.


Fueron años confusos, incompletos y sepia. Me escondí entre las raíces putrefactas de la tierra, vagabundeé en el Averno, abdiqué en favor de mil cápsulas de colores.Y no sé cómo, ni en qué momento, ni por qué pasó toda aquella transición psicodélica, pero un día cualquiera en mitad del redundante calendario me vi en la cama de Valentina, más tarde en los brazos de Virginia y, con el tiempo y mercromina, en la risa de Victoria.


Me recompuse por erosión, sí; no he encontrado otra manera de explicar que nunca se olvida del todo... ni se deja de hacerlo. Y en los domingos más cúrcumas me invade una pena profunda de esas que estilaba ya La Verónica en sus 17 y que la volvían loca, loca, en contra de sí misma y loca, y me extermina la culpa, la desazón y el temor, ahora y tarde, de no haberla abrazado lo suficiente.


Por eso la busqué, a menudo, inconscientemente, y caí en las manos de Violeta, de Verena, de Viviana, de Valeria, cada una con un halo distinto de La Verónica, tan parecidas y nunca ella, elegidas a sabiendas de que la vida sin V es un billete sin el de vuelta, un sinsentido, una falacia; de que me darían consuelo, aunque sus bonitos pañuelos no limpiaran la sangre, el sudor ni las lágrimas; de que me enseñarían novela erótica, la divina comedia, bellísimas antologías y hasta la ciencia ficción, aunque ya no pudiera volver a aprender de nadie jamás por qué las personas escriben libros. 



Lo que sé ahora de La Verónica probablemente sea pura literatura. Me pregunto si habrá conseguido escapar de su planeta de miedo (mira que era poco libre La Verónica para toda la autodeterminación que tenía), cuánto le durarán ahora los lipsticks, si estará bien. A veces sueño con que La Verónica sigue nadando en Orihuela con ese bañador terrible mientras blasfema en arameo apocalíptico, y eso me firma un extraño permiso para volver a ser feliz (tan feliz como cuando la veía despegar de sí misma y estallar en cien mil chispitas melifluas por el espacio).


Me acuerdo demasiado de La Verónica para lo poco que puedo ya recordarla. Hay una imagen en mi memoria algo erosionada en la que huele a loto y La Verónica acaricia las briznas del oxígeno, el tacto de las horas, el bosón de Higgs e, inmediatamente, suspira con las manos vacías.


Me gustaría, a menudo, que hubiésemos conseguido desentrañar la amalgama, aniquilar las quimeras que nos flambeaban por dentro, sobreponernos al Mal de Juventud, haberle contado la verdad sobre la partícula de Dios, pedirle perdón por haberla admirado hasta la envidia. Confesarle que, si ella alguna vez se hubiera visto como yo la miraba, nunca hubiese vuelto a sentir impotencia. Regresar a aquellos viernes de galleta, cruzar la galaxia con mi alunizante Verónica y mudarnos juntos a La Paz.

Ahora sé que la magnificencia de La Verónica no era ser sobrehumana sino ser sobrehumana. Ojalá yo también hubiese sido tan capaz de perforar mi inquina, superar mi derrota en virtud de mi alegría, querer rompiendo los vértices del cuerpo, haber alcanzado a darle lo único que hubiera podido curarla --a pesar de mí mismo-- y, en una esas tardes en las que vencía su luz a mi rabia, yo, que sólo creía en La Verónica, haberle revelado al fin por qué ella nunca ganaría nada.