sábado, 29 de octubre de 2016

Microcuento.

Había una vez una tía tan buena, que era buenísima en mil cosas
tan buena en explicar la siesta de un martes que entiendes la Teoría de Cuerdas, y durante ese rato olvidas todas las que alguna vez quisiste enrollarte al cuello
una tía eficiente a la hora de hablar; una speaker spiker
un patio de butacas jugando a la comba; una mano invisible de voz que clava las uñas en cada garganta atenta;
un silencio diferente al de un sepulcro.
una chica de ciencias, porque ansías la química
una chica de letras, porque acabas viéndola en la sopa
una experta sismógrafa que, al final de la intervención, te hace cuestionar cuánto mide tu cuerpo en la escala Ritchter
una tía que sabe de dialéctica, farmacognosia, histología, flores silvestres, diplomacia y la lógica que sigues
una politóloga, políglota, polícroma y polífaga de Doritos
una chica práctica, teórica, discípula del contradogma
tan buena, que la técnica en sus manos es decoro, y las usa
y dice y cuenta y construye y limpia y sujeta y ofrece y pide y agarra y acaricia y aplaude el talento en la repisa que no alcanza
un metro sesenta y uno del saber reconocer hasta donde se llega
y hasta donde no
cuarenta y ocho kilos de recursos más útiles para cambiar el mundo que toneladas de dinero sucio en sacos terribles
una chica tan humilde que reconocerías de un abrazo
tan para tanto que no es para tanto
una mujer lista, perspicaz, ingeniosa, cómplice, crítica y moldeable; una fiera, una tiburona, una lucecilla en la playa; alguien que podría haber llegado a cualquier parte


pero estaba obsesionada con que la quisieran.

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