lunes, 6 de junio de 2016

El making off de la poesía.

Me costó lo mismo que una sesión de psicoterapia.

Allí, en el norte, donde los pájaros tienen nombres preciosos
me abrazó en seguida, porque no entendía de protocolos
le abracé en seguida, porque conozco bien el protocolo.

Durante aquellos días recorrimos callejuelas estrechas
las reconocí más tarde, de otras noches raras
miré hacia arriba
probé el arroz con chocolate
más hacia arriba
toqué un mar opuesto
entré en un portal de losa
subí a un ascensor de tierra
al tercer giro de llave, nos vi reflejados en un espejo.

Ni rastro había de lo que a los 17
quizá seguí un camino de baldosas rotas
creyendo que el amarillo era
el destino en vez de la fuerza
la luz en vez de la enfermedad
un futuro perfecto en vez de mi memoria vomitando
el querer dejar atrás en vez de mi incapacidad de mirar hacia delante
el querer en vez de mi incapacidad
las miguitas de los cuentos en vez de las migajas de basura infecta
un buen gesto en vez de decorosa mímica,
y me observé tan quieta
allí
al final de todo,
devolviendo un abrazo porque no era mío.

60 pavos por entrar al backstage, todo incluido,
ver detrás del escenario, comprobar los hilos invisibles de mis ídolos,
reconocer los míos propios
recordar a Lara Liza recitando 'En Zaragoza hay un desierto'
y saber entonces que siempre fue mentira.

60 pavos por descubrir
la dislexia que padecen los deseos
al confundir seguridad con chupitazo
locura transitoria con intrasitable
el ángulo del cristal que es una playa con los ojos vidriosos mirando a un punto
muerto.

60 pavos por entender
que los trenes de vapor sólo son suspiros en el cercanías
despedidas que te toca soñar (para tocarlas, de alguna manera);
que es más difícil pronunciar adiós que anonadado
que lo que no mata ata, porque la vida es un eco
desde que olvidé tu voz.

60 pavos por viajar a Laponia y pensar muy calladita
¿esto es una aurora boreal o el cañón roto de la clase de tercero?
y soltar una risilla
porque eso no lo escriben en los libros.

60 pavos por cuántos créditos, me pregunto ahora
quizá por media asignatura de Teoría
de la Información que pagaron mis padres, seguramente,
tan ajenos, claro
tan sustentantes.

60 pavos por ninguna sesión
ni depilación láser
en mi posición mental suprema
porque yo no era como esas
chicas tontas que hubiesen pagado el precio
por axila y media pierna
tan pueril, tan hipócrita, tan estúpida,
invirtiéndolos igualmente en mi mala pata.

60 pavos, casi diez mil pesetas
por tres cervezas que no eludieron el después
por esta barriguita vacía que tampoco aminoró
el peso de la culpa;
treinta por ir al norte, treinta por volver al centro
a la piel rota de mis brazos firmes y dar las gracias
--por una vez, quién lo diría--
al regresar, a horas intempestivas,
con ganas de encerrarme en el baño, pero no llorar
no entonces,
no ese día
cuando me reí mucho,
mucho, tal vez, algún tiempo después,
cuando llegué a casa y me encontré conmigo en la cocina
engullendo, apoyada, mirando al frente
y sonreí
porque, al fin y al cabo, yo me lo había imaginado de otra forma.

Ni rastro de los pájaros preciosos. Quizá los confundí con sus nombres.

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