jueves, 8 de diciembre de 2016

Balance -técnico, mecánico, en formato excel- de año.

Enero es el país de las maravillas
pero yo no me llamo Alicia.

Febrero es un monstruo tremendo
que habita en una cueva oscura, y a veces oigo
tiritar.

Marzo es el lugar donde guarecen las guaridas
el sitio donde van a acabar las guerras
el porche de un búnker
el patio de mi casa.

Abril es la abeja maya, pienso ahora, porque la vi revolotear
el bichito de luz, la rayuela, el libro impaciente que
espera en la mesilla, pospuesto en aras de
un ejército de tardes en las que se me fue
el Santo al Cielo
(o el arroz con leche de mi abuela
por el caminillo viejo)
la risa ciclópea que, aunque parece imposible, no es imposible
olvidar.

Mayo es la sustancia idéntica entre la amnesia y la flor
un domingo en el que reabrí el cajón de las cartas
para guardar una nueva.

Junio es siempre la fiesta de lo que has sido.
(y aunque ya no lo seas, estar bien).

Julio es una llama incandescente.
(y yo no quiero cogerle el teléfono).

Agosto es una madre enseñando el idioma
e inmadurar es no querer hablar con nadie
y al crecer, distinguir de los octavos meses una tristeza parca
diagnosticada demasiado tarde, cuando ya has visto
que el tiempo ni vuela ni se suspende en el aire
sino que pende de un hilo
sólo percibido al trasluz
azul de los quirófanos.

Septiembre es despertar de un sueño enfermo
el nada de esto ha sido real, y sin embargo.
Una copla
por la vida de mi padre.
Una canción
de Mecano trasnochada
que hoy ya sí quiere levantarse
y echar a andar.

Octubre es marrón, como el chico que me gusta
y eso no es malo.

Noviembre es terciopelo en la boca que dice:
áspero y suave son lo mismo en cualquier lengua.

Diciembre es un final que nunca reconocerías como eso
-un final-
volver a mantener la conversación con la voz de niña
que repite, lorito rubio, todo lo que seguimos
teniendo en común:
el tacto del jersey rojo
el naranja todavía arde indistinto a la canela
mis palmeras favoritas nunca fueron de chocolate.

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