martes, 27 de diciembre de 2016

Un buen día.

He estado pensando que me gustaría volver atrás
sólo cinco minutos

a la navidad en la que mi madre me tuvo estudiando matemáticas
para contarme por qué me costaba tanto resolver problemas
que no era culpa mía, que simplemente me faltaban datos.

a casa de Lola el último día que la pisaría 
para preguntarle qué detergente de la ropa usaba
y prohibirlo terminantemente en mi lista de requisitos para abrazarme.

al cuento de caperucita
para decirle al lobo: algún día tendré la boca más grande que tú
y pegar una carcajada que ahuyente hasta al puto leñador de los cojones.

a la cerveza que extrajo de mí una vulnerabilidad elegida
para acordarme de a qué saben las cosas a las que no les preguntas nada.

a la oportunidad a la que renuncié por algo que no lo mereció luego
para volver a renunciar a ella.

a la última vez que pude hablar con una persona importante
para no decir absolutamente nada.

a las discusiones estúpidas con gente estúpida
que cree que hay quien no sabe de la vida
como si hubiera que saber algo.

a los ojos de todas aquellas chicas
porque ya no tengo miedo.

al otro lado del otro lado del espejo
porque ya no tengo miedo.

a aquel despacho inmenso en el que me señalaron con el dedo
para darme cuenta de que no era un despacho inmenso.

a una canción de los noventa 
para sentirme como en casa.

a una canción de la primavera pasada
para sentirme como en casa.

Volver atrás

sólo cinco minutos

a releer todas esas cartas que ahora duermen al fondo del cajón
de a los que se las escribí
y entender por fin 
por qué
yo.

sólo cinco minutos

a esa mañana de diciembre, a esta misma habitación
una completamente distinta
pera encontrarme aquí
resolviendo a blandas penas
cuestiones algebraicas y mayéuticas
para ir corriendo y gritarme:
Irene, ya he encontrado el mínimo común múltiplo

y no pienso chivártelo.

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