sábado, 7 de noviembre de 2015

Más de veinte años.

Soy una niña salvaje que abandonaron al nacer y fue rescatada por los lobos. Soy del equipo contrario a Caperucita.
A los 12 años, los hombres me secuestraron y me impusieron amnesia, ropa y nombre, y me enseñaron a decir SÍ. También aprendí el miedo, el silencio, el límite, la dependencia y la caza. Y a esperar.

Soy la mejor amiga de Soledad, a la que conocí en un parque que olía a estereotipo y Norit. Al principio no quería jugar con ella porque era diferente a los demás. Yo los odiaba, pero quería ser como ellos. Se me daba mal el fútbol, el pilla pilla y básicamente cualquier ejercicio de coordinación. Sole me enseñó a perder (antes sólo lloraba).

Soy la que necesita encerrarse después de demasiadas horas con gente. La que necesita salir después de demasiadas horas con gente. La que ya no camina deprisa por la calle. La que ya no camina para ir a algún sitio.
La que camina. La que mira hacia arriba caminando. La persona más especial con la que he visto atardecer. La dueña de mis propios ojos. La que sabe ganar (ahora lloro sola).

Me he convertido en alguien que sabe hablar cualquier idioma con las manos, que tiene más miedo de pedir explicaciones que de darlas. 
Una devota rezando para que no se cumplan mis grandes sueños: sólo los profundos. Alguien que tan joven ya no cree en la felicidad absoluta y a la que la nimiedad le parece lo único real: tan cómoda y amable como un plan de peli y manta o elegir volver a casa entre París y volver a casa.

La vocalista de una banda de rock que sabe que lo que le hace grande está detrás, pero se me olvida a veces porque no les veo, no les veo... Y cuando miro hacia el público yo les grito que me debo a mí misma, pero se me olvida a veces porque no me veo, no me veo...

La que recuerda que a los 15 se creía lo más, a los 17 no era para tanto y que a los 19 se hizo de menos.

Una planta carnívora que tritura a los bichos a golpe de pestañeo. Nada que no supiera ya a los 16.

La que se ríe del espejo y le cuenta cuentos para que duerma; la que le pega un puñetazo y se queda llorando siete añicos.

La que ya no os pide ayuda si vais a cobrar intereses.

La villana de todas las historias, malcriada por unos cuervos que nunca me devolvieron la mirada, si no era, acaso, por encima del hombro.

Soy mi propio hombro y, un 70 por ciento, lloro.

Soy un 70 por ciento.

Rapunzel con el pelo pixie.

El caballo del príncipe que resopla, resopla, resopla y le dice: grita, pavo, grita. Estás tan triste...

Soy la mujer que usa los ceniceros para llenarlos de chucherías.

La hija de todas las mujeres que murieron por todas las mujeres. Mi madre es una señora que jamás quiso depilarse el bigote, y también esa que pasó 4 días enteros sin comer para poder desfilar en Milán.
Todas.

La madre que llegó a tiempo a mi propia obra de fin de curso y también la cría que supo que no vendría nadie.

Una abuela refunfuñona que se queja de esta juventud tan maleducada, y que mañana comprará caramelos para todos los niños que juegan en la plaza.

Me he convertido en Marylin sólo para mirar con más comprensión que competencia a Audrey y poder decirle: grita, pava, grita. Estoy tan triste...

Ahora soy una nación que olvida el miedo y los límites, y pregunta a sus distintas partes si quieren ser independientes, y estas desaprenden el silencio y la caza y gritan NO.
Soy, por fin, la presidenta de mi propia tristeza crónica, después de muchísimo tiempo liderando una oposición a la que no pienso volver ni en la próxima lobotomía.

Soy todos los momentos de los que no volví, un mes de abril que robó un chaval y que encontré años más tarde roto en una papelera de barrio, el reloj de mi cocina, las 3 de la mañana eternamente. Todas las cosas que dejé de ser.
Y ya no espero.

Yo soy la ironía.

Una supermuriente.

Ahora soy la que echáis a los lobos y encuentra, por fin, el camino de vuelta a casa.

Si el tiempo no pone a todas las cosas en su sitio, ojalá os sintáis fuera de lugar para siempre.

He gritado tanto.
He callado tanto.
He estado tan triste.
He estado tan tan triste... que no puedo no alegrarme de haberme ido.

Una vez fui Penélope. Menos mal que ya han pasado más de veinte años.

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