sábado, 10 de mayo de 2014

Cuentos para no dormir.

 Érase una vez la noche más rara de mi vida. No hacía frío, ni mal día, ni llovían cosas de las que arrepentirnos en 2020.
 Estabas tú, como siempre, tan cerca como no me gustaba, tan lejos como no me gustaba, rondando por mi vida como un calcetín que se cae todo el rato, que recoges todo el rato. Ya habían pasado meses, pero ya habían pasado años. Hablábamos de fútbol más de lo que lo entendería en mi vida. Me gustó ser campeona del mundo durante 4 años. Decirte una vez eso fue demasiada poesía para tan poca risa.
No recuerdo ya casi tu risa. Pero esa es otra historia.

El caso es que érase una vez la noche más rara de mi vida. No rara porque siguiera persiguiéndote con los ojos cerrados y los ojos abiertos, sino porque ese día entreabrí también la boca, y te busqué en voz alta y te encontré en silencio, y en silencio cómo duelen, cariño, las palabras. Me contaste cosas que no te pregunté, que no hubiera querido saber nunca. Algo así de que era noviembre y ya no recordabas el verano. O que el verano no era tan verano, o que habías roto ya todos nuestros calendarios.

 Ahora que estoy aquí, sola en algún punto del mundo, te busco en otras cosas. Otras cosas que no quieren ser cosas.
 Estaba Cosa, como últimamente, tan cerca como no me gustaba, tan lejos como no me gustaba, rondando por mi vida como ese calcetín que cuando se te cae una vez al suelo pasas de agacharte a recogerlo. Y ya sé que habían pasado meses, pero, ¡joder! es que ya habían pasado años. No quiero hablar de fútbol, no quiero entender ni siquiera por qué no. Odio haber sido campeona del infierno estos 4 meses. Y no decir esto fue demasiada falta de poesía para tanta risa.
No me gustan otras risas. Pero esa es otra historia.

El caso es que seguimos en la noche más rara de mi vida. En la que yo, estando con Cosa, en realidad estaba contigo. En la que yo, estando contigo, en realidad estaba con Cosa. Pero yo no quería estar con Cosa, sólo quería estar contigo. Al final ni Cosa ni tú. Mucho grito, poco de esperanza. "No te quiero, ya lo siento". "Sálvame quien puedas". Al final estoy sola y mal acompañada.

Es la noche más rara de mi vida. Cuando por fin llegué a puerto y estuve enfrente del espejo, me quité las gafas que no llevo y lo vi todo tan mal como lo veía antes, pero con una tranquilidad de estoy cogiéndome las rodillas en la ducha. (Ojalá hubiera duchas que te limpiaran por dentro.)
 La vida a los 20 es la vida y no otra cosa, y supongo que es la única explicación que le encuentro a que acabara, hora y media más tarde, lejos del espejo y de la ducha, mirando a la cara a otros personajes de este cuento, que en realidad deberían ser personajes del cuento de otra persona.
Personajes con historia propia, apropiándose un poco la mía, dejándome compartir un trocito de la suya (porque con el disgusto, yo casi no había cenao).  Al final, otra hora y media más tarde, yo tenía: un cuento que me habían contado, otro que me había inventado, otro que había vivido y otro que al re-regresar a puerto empecé a escribir.

Ahora huelo a una colonia que no he usado en la vida, y está bien.
Ya no recuerdo como olías. Pero es... está bien.

Todo lo que debe saber el lector de esta historia, es que era necesaria. Todo lo que debe saber el lector de esta historia es que, aunque él no ha entendido nada, yo tampoco. Todo lo que debe saber el lector de esta historia es que voy a seguir escribiéndola, y que este es el punto de partida, y que ya habrá tiempo para arreglarse por el camino.
La vida a los 20 es la vida y no otra cosa, y supongo que esta es la única y toda razón que me regala la certeza de que todo esto está bien. Que está muy bien.
Porque debe entenderse esta fruslería como una fábula. Una fábula cotidiana y maravillosa. Una fábula de cerdas y zorros, de liebres y tortugas, de gatos y perrerías. Una fábula que empieza mucho antes de lo que cuento, y un cuento que acabará, espero, mucho antes de lo que fabulo.Por eso ha de entenderse, como el álgebra o la física cuántica, y no entenderse una mierda. Simplemente, hay que prestar atención a la moraleja de toda esta pesadilla de una noche de verano (verano del que espero olvidarme antes de noviembre, por favor.) Una moraleja que dice que si "no te quiero, ya lo siento", la única que puede salvarme, soy yo misma. Para estar, al final, sola, y mejor acompañada imposible. Una moraleja que aún estoy buscando por las esquinas de este puerto, por las esquinas de ésta, la noche más rara e interminable de mi vida, de esa peca que encontré esta tarde en una boca que no me decía nada, de ese lunar que encontré en el ojo que más bonito me ha visto en la vida, y que tengo que recordarme los días pares que ya ha dejado si quiera de mirarme.
Ojalá algún día deje de ser tan complicada y pueda explicarlo todo como las personas que dicen exactamente lo que quieren, ojalá lo consiga y no hagan falta cuentos ni fábulas, y, en el caso de que la hicieran, espero poder dar la verdadera moraleja de todo sin rodeos ni fanfarronerías.
Esa moraleja incierta pero totalmente verdadera, que echara por tierra mis dramas de ex adolescente nostálgica, que echara por mar todo lo que ya no sirve ni pa hacer croquetas.
Esa moraleja que simplemente me mirara a los ojos, y me susurrara de manera clara siempre lo que tengo que oír; que usara las palabras justas y las justas palabras, para pegarme el bofetón que me gire la cara y me la ponga derecha, y que me haga mirar en la dirección de la que es, constantemente, la verdadera enseñanza:

Que hay noches que lo mejor es llegar corriendo a casa e irte de una puta vez a dormir.

martes, 11 de febrero de 2014

Razones por las que me fui (y algunas cosas bonitas).

Para ti, capullo. 

Siempre hubo flores, incluso cuando no había flores.
Me llenaste la vida de flores. La muerte de flores.
Trajiste margaritas de pétalos pares a mi entierro.
Deshojaste abril. 


Descubrí algunas cosas en aquellos años.

Uno recoge lo que siembra 
el otro. Es así. 
Tú siempre recogiste dudas. Tú siempre sembraste el pánico.
Pero siempre tuviste un campo de amapolas en el pelo.

Me fui porque septiembre decidió pegarse un tiro.Y el cielo se rompió en mi cabeza, y todo lo que siempre había sido naranja rojizo se volvió gris ceniza. 
Nunca estuvo tan bonita Troya como cuando ardía. Y después de verla arder me daba igual que cenizas quedasen.

Todos los caminos no llevan a Roma. 
Pero sí amor.
(Y joder, eso es lo que importa

- Bien, ya está. Ahora no tengo miedo de no saber a donde voy. -


Y después del amor...
 la motosierra.
Un día amaneció todo talado. Todo tarado.
Los árboles me dejaban ver todo el bosque.
Y no era un campo de amapolas lo de tu pelo.

Así que ya era después del amor...
Un campo de minas.

Amputé la última parte, y ahora sigo adelante. (A veces huele a metal fundido. No confundas olvidar rápido con olvidar a la cara).

Sonrío al recordarte, pero no eres quien yo recuerdo.

Y ya está, nada más. 
(Mucho más).

Que ya no sabías besarme.

Que el cielo estaba roto.

Que ya no nos quedaba pegamento.

Y que menos mal.

Las cosas bonitas, ya las sabes -risa triste-, son las de siempre: la calidez de cualquier tarde que recuerdes de cualquier invierno, los bancos que regalaban cosas, la anchura de tu espalda estrechando la tristeza, el eterno retorno en el punto de sonrisa cómplice, tus ojos.

(No puedes ver la luz porque la tienes dentro).

Sorprendentemente, tus ojos.

Y ojalá que lo único que hayas descubierto tú de todo esto sea  
que soy el cuervo más bonito que has criado en tu vida.

jueves, 3 de octubre de 2013

La entrada que mi madre quiere que escriba. Y yo escribirle a ella.

Han pasado mogollón de cosas en los últimos días. Ahora vivo en Madrid, y estoy escribiendo esto al lado de mi compañera de cuarto, simplemente por una razón: para evitar que me dé un bajonazo y me ponga a llorar en medio de la habitación.

Papá, mamá, no os preocupéis: estoy bien. Soy un poco floja, pero sé que voy a estar bien. Echo de menos Almería. Al fin y al Cabo es mi ciudad.
 Mi ciudad es ese lugar en donde está mi hogar. Y mi hogar siempre va a estar donde estén mis amigos y mi familia y todo lo que ellos puedan abarcar con los brazos. Podría decir que mi ciudad es Almería. Y sí, lo es. Pero no hablo de playa, ni de palmeras, ni estepa ni esparto ni de David Bisbal. La risa de mi hermana, los abrazos de mi madre y la seguridad que me da mi padre junto con los cafés con mis amigas y los viernes por la tarde, eso, eso es de lo que hablo cuando quiero decir Almería.

Hace un par de días, cuando empecé la universidad, vi a una amiga mía de hace ya tiempo. Ella también echa de menos Almería. Mientras me contaba cosas, me dijo que yo tenía mucha suerte porque a mí me limpiaban, me hacían la comida y que eso era lo que ella echaba muchísimo de menos de sus padres. Y entonces yo entre consternada y sonriente dije: bah. Yo lo que echo de menos es todo lo demás.
Aunque parezca increíble, mamá, tengo el cuarto ordenado. Y aunque parezca aún más increíble, papá, no hay nada mío por el suelo.
Hace tiempo leí que el hogar es un cuándo y no un dónde. Así que, a 500 km de mi casa, de mi siempre eterna casa, de mi ventana y de mi mar, cada vez que hablo con papá y mamá y con Rocío vuelvo a estar en casa. En mi hogar.
Ahora sé que por muy lejos que esté de casa, nunca jamás voy a dejar de estar en ella. Y que en mi silla de la cocina, cada mediodía, se sientan mis ganas de volver allí y las ganas de los demás de que yo vuelva. Así que es como si nunca me hubiese ido. Porque, en realidad, claro: nunca lo he hecho.

Mi ciudad siempre estará donde esté la gente a la que quiero. Ojalá, dentro de unos años, Madrid lo sea. No lo sé. Puede que al final de mi vida, mi ciudad sea un montón de trozos del mundo en donde haya personas que piensen en mí con cariño.
Pero hay algo que sí sé. La más mía de todas las posibles ciudades mías siempre siempre siempre será mi Almería.

Cuando vuelva, el sol me va a dar un beso en todos los morros y todos seréis unos socios que lo flipas, socio. Y voy a dormir con la Roci, pero en mi cama, porque las echo de menos a las dos casi casi por igual. No sé deciros a cuál más, eh. Así que en el momento en que las tenga a las dos juntas, creo que me va a dar un poco igual el resto de cosas que pasen en el mundo.

Supongo que la vida va de eso. De aprender a valorar lo importante y que el resto de cosas tontas nos resbalen por completo. Lo importante, básicamente, es todo lo que he dicho antes. Nada más, ni nada menos. Eso. Exactamente eso. Lo demás es superable. Os lo prometo.
Mirad, yo tengo un truco infalible para saber cuando algo tiene importancia de verdad y cuando no. Supongo que cada uno tiene el suyo, ¿no? El mío es fácil. Yo, por ejemplo, sé que nada tendrá jamás realmente importancia si puedo coger el móvil y escuchar en cualquier momento la voz de mi padre. Así que hasta el día que yo pueda hacer eso, todo irá bien. Por muy mal que vaya. Sé que todo irá bien.

No os voy a mentir: al final sí que he llorado un poquito escribiendo esto. Pero es que creo que tengo cosas tan tan buenas, y eso me hace tan tan feliz... No os lo podéis ni imaginar. Al final lloro por eso. Porque yo soy muy feliz.
 Lo que más me gusta de esta historia es que todo eso que tanto quiero y tanto echo de menos es algo que aún no he perdido. Y todas estas lágrimas son futuros reencuentros llenos de vida, de besos y de tapas. De muchas tapas.

Os quiero mucho. Creo que soy la persona que más suerte ha tenido en la vida. En serio. No debe ser justo, pero sí: me ha tocado toda a mí.

Sois guapos hasta mirándoos desde lejos. Sois bonitos porque me habéis regalado años buenísimos. No puedo estar triste si sé que las cosas que me hacen feliz siguen conmigo latiendo muy fuerte.
Tengo fuerza para todo lo que venga, porque el viento del sur me lo dice.
Mi ciudad siempre estará esperándome. Alguien dijo una vez: "Después de mucho mar que nadie espere el abrazo de un puerto, porque nunca se vuelve a un lugar ya conocido".  Yo no me lo creo mucho. Pero en el caso de que fuera verdad, qué queréis que os diga, me importa un pimiento si me abraza un puerto o no lo hace, porque después de mucho mar, lo único que yo necesito es un abrazo de mi familia.