miércoles, 23 de septiembre de 2015

Memorias de Paz I.

Ahora que ha pasado tiempo desde que cambié, es cuando por fin he cambiado. Hasta que no lo descubres no se completa el círculo.
Yo, adicta a silbar a los escaparates, me veo pasar contextualizada en los mismos kilos y metros, un poco ajena a los antiguos kilómetros y lastres.
Andar el camino sigue siendo cosa de un 37 y ese 37 el mismo número de la suerte, pero habiéndolo visto ya crecer. 
Me he cortado el pelo como buscando el origen, y ahora todo es una enorme continuación hacia adelante: incierta y fatídica y, a veces, cuando cesa el ruido, terriblemente maravillosa. 

Tengo miedo, tengo el mismo miedo que el de cuando desaprendí a dormir, pero me despierto como después de una guerra: tranquila. 
El único destrozo fue perder el tiempo viviendo tan dentro de mí: hacerme niña en horario de oficina, convertir mis vísceras en orfanato y no saber salir del sitio en el que me sentaba a escucharme llorar y al que acudía ya por rutina, abnegada, incluso los días en los que las cosas me salían bien. La tristeza es una hija de puta pero tú acabas convirtiéndote en la puta, porque es tanta, tan parte tuya, tanto, que empiezas a preferir que sobreviva a ti.
De lo que sí me libré pronto fue del susto, de despertar con la angustia sin vómito y la sensación de arder en directo, de estar a tiempo de algo, como si me supiera inexplicablemente capaz de echarme a correr y parar un tren que se ha puesto en marcha ya. Pero no lo alcancé. La tranquilidad me abrazó un jueves cualquiera de marzo al salir de la estación. Entonces creo que me compré aquella falda de flores.

Ahora que ha pasado tiempo desde que cambié, he cambiado, ¿te lo puedes creer? 
A veces me pongo de puntillas, de puntillas, muy de puntillas cuando la luna es decreciente; pero entonces es como si volviera a desentender el destino, y la tristeza se me (re)vuelve grande y chiquilla otra vez.
Pero he comprendido muchas cosas también:
Que la patria son las canciones que canto con mi hermana; que ganar ha sido tan sencillo como descubrir lo que de verdad tenía, y celebrarlo; que no hay cosa más bonita que dejar de calcular la belleza; que tender la mano al enemigo es, a menuda, darse una oportunidad; que la gente buena es la honesta y que a lo mejor esa no es la gente 'buena' pero sí la que me gusta a mí.
El tiempo es verdugo y cómplice: verdugo mientras cambias y cómplice cuando por fin sabes llamar al cambio hacerse mayor.
Me siento mayor y mayor.

Vamos a vivir para siempre, ahora lo sé. Morir es el trayecto hasta olvidar la muerte; un camino repleto de paradas y maniobras de reanimación. Es verdad: la gente muere con los ojos abiertos, y yo he vuelto a aprender a dormir. 
No temo soñar con la guerra, no será real al despertar. Se acabó el fuego: las cosas que no existen arden fatal. 
Ahora que somos mentira también somos libres.

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