Lo del DNI va a ser la única cita que preveo, por ahora, en el resto de mi vida. Pero será en un lugar costumbrista, íntimo, muy bonito de ver, del Madrid profundo y castizo, en una comisaria del distrito A Tomar Por Culo.
En cuanto a lo de no tener tarjeta de crédito, está bien, porque tengo gente de confianza cerca a la que puedo hacerle una transferencia astronómica y guardar la sarta de billetes debajo del colchón, como buena señora que ya soy.
Aún sigo muy enfadada con lo que me pasó, porque vine a darme cuenta a eso de las 5 de la mañana después de toda una noche de fiesta. Le escribí un whatsapp a mis padres, que son gente que vive haciendo guardia en las cabinas, porque en el momento me llamaron, en movimiento y despiertos, gestionando toda la basura que implica un robo, siempre con la profesionalidad y pulcritud que derrochan los buenos superhéroes.
Hablando con gente, he descubierto que las pequeñas tragedias cotidianas son abrazo cuando las compartes. Hay una cosa buena de Murphy y es que, ante su Ley, todos somos iguales. Igual de torpes, de vulnerables y de cómicos ante la versión que contamos al tiempo a alguien que se enfrenta a la misma latosa desgracia.
Me he reído, después de haber llorado mucho, después de haber llorado situaciones que no tienen nada que ver con esto. He maldecido. He dicho palabrotas aún cuando nadie me escuchaba. He recordado más el resto de cosas que he perdido en mi vida que el mismísimo monedero.
Y me he sentido muy, muy cansada.
Ayer fue lunes y también fue domingo. Y, como tengo a Laura, por fin, aquí, en mi misma vorágine del octubre madrileño, pude estar con ella y contarle mis historias de Crónica de las Cucarachas y Crónica de las Cucarachas II: El Retorno. Descubrí también que hay personas que han vivido Crónicas de Ratas Que Se Comen Tus Chocolatinas... Será por lo ajeno de la historia, pero eso fue vuelta al pequeño espacio entre el jaleo en el que, sorprendentemente, te escuchas a ti misma reír.
Hoy ha sido martes y también ha sido lunes. Odio levantarme a las 8 de la mañana, para ir, en medio del estrés metropolitano, a una facultad tediosa en la que estudio algo que, realmente, me gusta mucho. Al volver, he pasado 25 minutos en la cola del Supersol: la cajera era una arcada de mujer, el señor de alante había comprado todos los quesos de cabrales del mundo y, al salir, se me ha roto una de esas bolsas de plástico por las que te cobran 5 cien-timacos. Afuera estaba lloviendo con ventisca de 'hola, soy el frío' y yo, carita de ángel caído, he sido una estúpida sin pararme a saludar porque, mientras estaba cruzando la calle inmensa, el semáforo se ha puesto a hacer su perfomance de 5,4,3,2... Una mierda todo, vaya.

Luego me abrigué muy fuerte con mi nórdico y no sé qué más. Creo que antes de dormir caí en que hoy iba a ser martes 13. Y luego suspiré embutida en mi armadura contra el ya ineludible frío. Y entonces fue cuando, a una vocecilla sabia en mi cabeza, la sonreí decir:
Pero qué suerte tienes, Irene.
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