martes, 10 de enero de 2017

3 y media.

Me he despertado a las 3 de la mañana
recordando el poema que escribió Lucía sobre los chicos a los que nunca amó
que son, con suerte, la mayoría.

Me hubiera gustado responderle que después de todo
me encojo en la cama en un gesto de abrazo
mucho más abrazo
que todos los de mis novios del Tres
al Cuarto
porque he tenido que aprender a hacerlo
y aunque he tenido que aprender a hacerlo
ahora lo hago porque quiero
aunque siga queriendo otras cosas.

Alguien que entienda.
Alguien que abrace.
Alguien que entienda que no quiero seguir escribiendo qué entienda
y que lo entienda.
Alguien que abrace.
Alguien que en la cama le vayan las posturas ideológicas.
Alguien que abogue por lo húmedo como sueño y no como tipo de frío.

Alguien que no coloque la guinda de la índole en La Broma
porque la risa a mí ya me sale sola.
Alguien que no confunda estar triste con serlo.
Alguien que no fuera alguien triste
sólo un poco por dentro.

Alguien que jamás se atreviera a discernir la alegría de la pena
a sabiendas de que la felicidad es una tercera cosa distinta
y que siempre hay terceras cosas
y que siempre hay cosas distintas.

Y que yo seguiría queriendo otras.

Me he dormido a las 3 y media de la mañana
escuchando el ronroneo lejano del camión de la basura
mientras mi conciencia se disolvía como un azucarillo
junto al pensamiento de que hubo una época en la que yo pasé a la misma hora
quizá la misma hora en que la murió un invierno estúpido
quizá la misma hora en la que Lucía escribió el poema
quizá la misma cantidad chicos a los que yo no amé
y que fueron, con suerte, la mayoría.

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