jueves, 18 de junio de 2015

Y mañana, otra.

El viernes fui Carolina. No paraba de reírme.
Tenía la piel perfecta, un destello verde en los ojos y reflejos rubios en el pelo. Los chicos vaporeaban suspiros al verme, y mi risa encantadora firmaba libros de poesía para todos.

El sábado fui Andrea. Pasé toda la tarde en la cama escuchando a Radiohead. 
Mi tono aceitunado tenía un toque agradablemente enfermizo. Y me definían las típicas ojeras de las modelos de moño y porte caóticamente perfecto. Era vegana, despreocupada pero atenta, y la gente me regalaba chuches porque sí. Mis amigos me adoraban. Todos me sacaban banales conversaciones en las que yo sabía charlar de lo trivial como si fuera algo importante.

El domingo fui Penélope. Me tiré esperando a nadie toda la vida.
Recogí mi ropa, mis cosas y mis cenizas, y me mudé a otra piel más amplia con vistas al mar.

El lunes fui Consuelo. Tendríais que haber visto qué bonitas mis clavículas.
Era una chica ordenada, puntual, con las cosas claras. Había superado todo lo que había perdido. Una mirada tranquila, de sonrisa idónea, de levantar el meñique a la hora del té.

El martes fui Sofía. No paraba de llorar.
Tenía la piel hecha un asco, los labios cuarteados, las uñas astilladas y el pelo chirriante. No creía en nada. Menos mal que la camiseta oversize me tapó las rodillas cuando acabé con el agua caliente de la ducha. 
Aquel día, miré varias veces al vacío pensando que si Dios existía era un hijo de puta.
Me descubrí rezando por alguien a quien quería mucho, justo antes de dormir.

El miércoles fui Susana. Una superviviente de mí misma.
Alguien que ni ansiaba o temía el futuro ni despreciaba o idealizaba el pasado. Sabía cocinar, 3 idiomas, lo que quería hacer con mi vida y esperar. 
Me costó 20 años aprender para qué servía la memoria, el amor desinteresado o el no contarle a los demás lo que había hecho por ellos. Pero cuando por fin lo supe, sentí como si La Paz fuese un lugar de verdad en el poder quedarse a vivir sin tener que marcharse a Bolivia.

El jueves fui Paula. Una chica normal.
Reconozco que me pasé con el helado de chocolate. 
Mi mirada nostálgica pasó la mañana viendo cómo despegaban los barcos y rompían a llorar los que tenían tantas horas/días/años de lágrimas por delante. Recordé que crucé océanos de tiempo para encontrarte y que no lo hice.  
De pronto, sonreí.


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